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El relojero de México

LUIS HERNÁNDEZ ESTRADA, DE 73 AÑOS DE EDAD, HA REPARADO LAS MAQUINARIAS MÁS IMPORTANTES DE LA CDMX, COMO la DEL PALACIO POSTAL Y LA CATEDRAL METROPOLITANA

CULTURA

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Entre el sonido constante del tic tac de decenas de relojes que cuelgan del despacho 212 del Centro Relojero, se encuentra Luis Hernández Estrada, de 73 años de edad, quien se considera un "animal en extinción" y el último técnico mexicano que ha estado dentro de la maquinaria de Big Ben, en Londres. El Cirujano del Tiempo, es el relojero monumental más antiguo de la ciudad. Sus manos, agrietadas por el pasar de los años, han operado a los relojes más importantes de la urbe: el de la Catedral Metropolitana, el Otomano, el de Palacio Postal y el Reloj Chino de Bucareli. [caption id="attachment_371148" align="aligncenter" width="6720"] FOTO: Nayeli Cruz[/caption] El primer reloj monumental que arregló fue el de la iglesia San Francisco de Asís, en Tepito, su barrio, recuerda Luis Hernández Estrada, sentado en su consultorio, “me comparo con los médicos cirujanos porque a cada uno lo deshago y vuelvo a construir, pieza por pieza, y, cuando vuelven a marcar el tiempo, es como si volvieran a latir”. Al reloj de la Catedral Metropolitana, el cual data del año 1807, le hizo un servicio de limpieza en 1995. En México hay más de 3 mil relojes monumentales, cuenta, pero “en nuestro país no existe la cultura del reloj, más de la mitad de ellos no están funcionando, y es por falta de presupuesto para su reparación”. El costo por un servicio sencillo de mantenimiento, el cual requerirían los relojes monumentales cada seis meses, es de 15 mil pesos. Y por una restauración mayor, en donde se cambian las piezas, y se repara su maquinaria es de 60 mil pesos. A los 15 años de edad, recuerda, aprendió el oficio de Carlos Salamanca Velázquez, su padrino, quien era relojero y joyero autodidacta. De niño, Luis Hernández destrozaba todo lo que veía a su paso: coches miniatura, radios y videocasteras. “Siempre me gustaba saber qué había dentro de ellos, los deshacía por completo”. Después de trabajar en un taller de tornos durante su juventud, comenzó a estudiar en el Centro Relojero Suizo, en los años 60, con su maestro Daniel Fisher; de ahí comenzó a perfeccionar su técnica y así obtuvo una beca para viajar a Suiza, meca de la relojería mundial. Cuando volvió a México, se convirtió en el presidente de la Federación de Relojeros y Joyeros Técnicos Mexicanos. De ahí comenzó a dar clases a decenas de relojeros mexicanos, y viajó también a Estados Unidos, Perú y Cuba a impartir sus talleres sobre relojes monumentales. Uno de sus favoritos de la ciudad es el que está ubicado en el edificio de Bucareli 12, el cual, dice, toca el Himno Nacional todos los días a las seis de la mañana. El Relojero de Tepito, como también es conocido, se jacta de haber reparado con éxito el reloj monumental de Pachuca, en 1997, el cual , dice, fue creado por los mismos diseñadores que hicieron el reloj Big Ben, aunque el mexicano es cuatro veces más pequeño que el británico. Otro es el de Los espíritus del tiempo, un mecanismo que recuperó de una iglesia de Xochimilco, el cual restauró por completo, “se encontraba quemado y parecía irreparable” le añadió una manufactura inglesa, y después lo colocó en la fachada del Centro Relojero, en Palma 33. Un relojero debe tener dos cosas: paciencia y experiencia manual y visual. Sus instrumentos son pinzas suizas, desarmadores, una aceitera, un porta mecanismo para lentes, un torno y un crono comparador, el cual mide a través de una gráfica los segundos y minutos. Para restaurar un reloj monumental utiliza un torno de metro y medio de ancho, en el cual pule cada pieza hasta quedar “como nueva”. Los males que aquejan a un reloj son el excremento de paloma, la falta de mantenimiento y los daños causados por los contaminantes del ambiente. Si Hernández tuviera la oportunidad de reencarnar, dice, lo haría en un reloj cucú, sus favoritos. “Me gustaría también volverme pequeño y meterme dentro de la maquinaria y ver cada una de sus piezas”, dice sonriente. Por Scarlett Lindero