Chicuarotes: la pobreza no tiene tiempo

Desde el viaje en microbús con destino a Xochimilco hasta el intento de dar mordida a unos policías, Chicuarotes nos lleva a lugares que conocemos pero que nos hemos cansado de discutir

Chicuarotes
El guion es de Augusto Mendoza y la fotografía de Juan Pablo Ramírez Ibáñez Foto: Especial

¿Es necesario seguir hablando del segundo largometraje de Gael García Bernal, Chicuarotes? Sí, ya que es una de esas obras que atraen la mirada internacional hacia el cine mexicano, pero también porque es un recordatorio atemporal de la cotidianidad en la que nos desarrollamos.

Desde el viaje en microbús con destino a Xochimilco hasta el intento de dar mordida a unos policías, Chicuarotes nos lleva a lugares que conocemos pero que nos hemos cansado de discutir.

Nos recuerda nuestra indiferencia y los años –épocas enteras– que llevamos lidiando con ella. Nos da otro ejemplo de lo que es la desesperanza juvenil, que quizá empezamos a conocer con Los olvidados de Buñuel. San Gregorio Atlapulco es evidencia de ello. Si ésta no fuera la locación seleccionada, no tendría sentido el guion.

Y más allá de ser un lugar casi mítico en la historia, carga con otro significado: es un pueblo originario considerado Patrimonio Cultural de la Humanidad por su actividad chinampera y, hace unos meses, seguía siendo uno de los grandes olvidados del 19S. La crítica ha dicho que Chicuarotes posee varios clichés en torno a la pobreza.

No son clichés, son realidades que no hemos podido solucionar. La cercanía que nos provoca es sumamente incómoda. Conocemos a los personajes: los necesitados, los que buscan una oportunidad, los que toman malas decisiones para salir de su miseria.

Adultos, jóvenes y niños. Algunos maleados, otros todavía no. Los hemos conocido con distintos nombres y distintos rostros. Y ni así, seremos capaces de recordarlos.

POR: LYDIA E. SALINAS GARCÍA (LCMD)

INVITADO: TECNOLÓGICO DE MONTERREY, CAMPUS CDMX

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