Mucho más que tres ​deportes ​juntos

Estaba en el agua con los goggles y la gorra, bien apretados. Llevaba un número tatuado en los brazos y las piernas, un chip amarrado al tobillo, el mar picado y el cielo nublado

La clave está en saber que nunca fracasarás si no permites que llegue el momento de dejar de intentar. ILUSTRACIÓN: ALLAN G. RAMÍREZ
La clave está en saber que nunca fracasarás si no permites que llegue el momento de dejar de intentar. ILUSTRACIÓN: ALLAN G. RAMÍREZ

Mi tiempo había empezado a correr, aún percibía el terror sobre mis hombros y los nervios en mi estómago mientras me preguntaba ¿Cómo pudo mi primo convencerme de hacer esto?

Pataleé, braceé y me tragué todo el mar Caribe, pero llegué a la orilla. Podía notar la sal en la comisura de mis labios y sentí un leve mareo a causa del agua en mi estómago. Sin embargo, al final, me las ingenié para llegar a la transición y montarme a la bici.

Conforme pasó el tiempo, se me presentó una sensación de ardor en las piernas. Con cada pedaleo cuesta arriba, el dolor se intensificó. Después llegó un momento en el que incluso dejé de sentirlas y la mente fue la única gasolina que me quedó. En mi cabeza, sólo imaginaba una batería que, poco a poco, se cargaba de energía. Un simple juego mental e ingenio de mi entrenadora para persistir. ​

Los últimos kilómetros de la carrera se me hicieron eternos. Hacía un calor endemoniado y los pies se me enterraban en la arena. Con cada metro más que recorría, mis piernas gritaban de dolor, mis pulmones padecían de aire y mis náuseas aumentaban. Ese día aprendí que el poder mental es más fuerte que cualquier otro músculo del cuerpo. ​

Sentí dolor y agotamiento mientras recorría cada kilómetro, pero nunca cambiaría esa experiencia. Me ayudó a entender que al igual que la vida, la carrera sólo existe en tus ojos y tú decides la manera en la que la vez. La clave está en saber que nunca fracasarás si no permites que llegue el momento de dejar de intentar. ​Siempre me había gustado definir a los triatletas, como aquellas personas necias, que no entienden que un sólo deporte es suficiente. De hecho, debo admitir que cuando mi primo me invitó a formar parte, dudé un poco. Pero, hoy por hoy, sé que no cometí un error y que un triatleta es mucho más que eso. ​

Lo sé porque luego de las series de velocidad el ácido láctico se convirtió en mi mejor amigo. Después de que los entrenamientos de resistencia transformaron la alarma en mi peor enemigo. Entendí que aprendería algo más que a sólo practicar un deporte. ​

Me levanté varias mañanas adolorida de pies a cabeza. Muchas veces sin ganas de irme a entrenar, pero lo seguí haciendo, día tras día, y mes tras mes, porque me di cuenta de que, con cada brazada, pedaleada y zancada, me sentía más viva, más fuerte y construía una mejor versión de mí misma. Aprendí que, en la vida, nada se vuelve más fácil, pero las soluciones son sencillas. Si trabajas duro, puedes volverte mejor. ​

Después de un tiempo comprendí que nunca seguí entrenando por usar bikinis, vestidos o tener kilos de menos, sino porque todo ese tiempo había vivido sin saber verdaderamente de lo que era capaz de hacer mi cuerpo. Sin saber el poder de transformación que tiene el deporte sobre las personas, no sólo físicamente, sino mentalmente. Porque en la pista, en la alberca y en la cancha, con cada gota de sudor, grito de dolor y en ocasiones lágrimas, presencié un sentimiento de satisfacción que me llevó a entender que en cualquier momento podemos parar y decidir cómo es que queremos que acabe la historia de nuestra carrera. ​

En segundos, los triatlones activan ese instinto de supervivencia que te obliga a seguir intentando y a no rendirte. Ahí es cuando puedes darte cuenta si posees la madurez suficiente como para saber que a veces valen la pena esos segundos de dolor por alcanzar momentos de éxito. ​

Es ahí cuando sacas lo mejor o lo peor de ti, te permiten ver el lado más fuerte y vulnerable de todos los que están a tu alrededor. Decirle al señor de al lado que sí se puede, gritarle que no se rinda, son los momentos que se quedan en los recuerdos para siempre. ​

Sigo sin poder responder a la pregunta que rondó por mi mente la mañana de ese triatlón. No obstante, ahora sé que mi primo me convenció de intentar algo que consiste en mucho más que sólo nadar, andar en bici y correr. Me convenció de aprender a ganar y a perder en una misma competencia. De saber inspirar al de al lado, de pensar que tarde o temprano vencería la distancia, de hacerlo como si fuera el último. De no parar hasta estar orgullosa, de confrontar mis miedos. Persistir. Seguir y, algún día, darme cuenta que gracias a mi esfuerzo, lo que acabaría logrando sería algo que no podría haber hecho meses atrás. Al igual que sucede con la vida, en realidad.

 

Por María Cristina Olivares Mieres

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