PIENSA JOVEN

“¡Quiéreme!, pero no me quieras tanto”

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Ya llevamos desde marzo del 2020 encerrados con nuestras familias, y nadie podrá negar que éstas pueden ser desde el infierno más helado hasta un paraíso terrenal en donde nada podrá faltarte; todo en un mismo día. Es por esto que me gustaría dedicar este breve artículo al tema de las familias.

Las familias son el infierno para muchos, y lamentablemente este ha terminado con las vidas de muchas personas. Según la
ONU, alrededor del 58 por ciento de los asesinatos de mujeres del 2017 fueron hechos por familiares o la pareja de éstas; no por nada el feminismo sale a las calles a exigirnos como sociedad tomar conciencia de nuestros actos y actuar por un mundo menos luctuoso.

Es evidente que pertenecer a una buena familia te da muchas ventajas. Como hijos debemos siempre estar agradecidos con nuestros padres, hermanos, abuelos, etc. Claro que la primera línea de defensa contra el mundo es la familia; ellos te dan trabajo, te protegen de las pesadeces de la vida, y lo hacen de una manera básicamente incondicional. Pero lo anterior me lleva a plantear una pregunta: ¿la familia es en verdad esta organización natural a la que le debemos un amor incondicional?

Probablemente a la gran mayoría le enseñaron que sí, que en la familia se ama y se le ama incondicionalmente a todos sus miembros; y esto tiene algo de verdadero. Pero, si tomamos en cuenta las palabras de la ONU, y si aceptamos que en la familia hay
esencialmente un amor presente en todo momento, e incondicional, deberíamos aceptar que todas esas muertes a mano de los familiares son un “acto de amor”, como dijo Iván Ruiz García refiriéndose al feminicidio. “¡Quiéreme!, pero no me quieras tanto” sería lo que respondería yo.

Ante la situación de estar en una familia en donde el amor mata literalmente, uno siempre puede, y probablemente debe, optar por salir de ese contexto cueste lo que cueste; cosa imposible muchas veces, pues cuando ya estamos condenados al infierno, solo un milagro puede salvarnos. Se podría buscar asilo en las amistades que hacemos con otros. Por lo menos a nuestros amigos los elegimos, y antes de aceptarlos los conocemos juzgándolos bajo nuestros propios criterios; pero ¿qué son las amistades si no una familia voluntariamente escogida? Recordemos que la ONU también consideró las muertes a mano de la pareja en ese 58 por ciento, y las parejas, generalmente, empiezan por la amistad.

¿Qué nos queda? Volverse ermitaño es más difícil de lo que parece; nadie me podrá negar que soñaría todas las noches con un retrete de oro. El aislamiento no es una opción, y la familia frecuentemente termina siendo un infierno. Pienso que es mejor la familia elegida que la familia forzada, pues por lo menos en esta hay un trabajo hacia la amistad y el amor mutuo, y claramente uno también puede elegir así partes de la familia forzada; pero nade puede hacernos evitar la pregunta de si preferimos seguir pretendiendo que somos el afortunado 42 por ciento que pertenece a una familia que no matará a alguna de sus miembros por amarla demasiado, o si construiremos una salida del infierno.