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A los apolíticos

Entre el año 431 a.C. y el 404 a.C, las ciudades griegas, Atenas y Esparta, entablaron un conflicto armado: la Guerra del Peloponeso. A diferencia de la mayoría de las ciudades griegas, la isla de Melos decidió quedar al margen del conflicto. Ante esta postura, Atenas optó por enviar un ejército para ocupar la isla, ¿el motivo? Permanecer neutral ante un acontecimiento que cambiaría todo el orden del mundo griego no solo resultaba ofensivo, sino inmoral. Ser indiferente a los importantes sucesos que determinarían el devenir de una realidad compartida era inaceptable. Así, hoy vivimos un momento de profunda indiferencia. No son pocas las personas que se consideran a sí mismas apolíticas y que prefieren alejarse de la deliberación y la vida pública; un proceso constante de extrañeza y “desorden anómico”. Es preciso que cuestionemos, objetemos y exijamos a quienes pretenden representarnos y a quienes nos representan. Pero no me refiero únicamente a limitar la participación al periodo electoral, también es nuestra obligación —moral— nutrir nuestra democracia con algo más que votos. Ser críticos, deliberar y participar activamente no solo se traduce en curules en el congreso: se traduce en tomar parte de una lucha que nos corresponde librar como generación; ignorarla se traduciría en una deuda impagable que nos terminaría cobrando la historia. Solo aceptando la responsabilidad que trae consigo el azar de vivir en privilegio. Solo nosotras, las personas, participando activamente en la construcción del mundo que nos rodea, es que lograremos tener la sociedad que deseamos y podremos encaminarnos hacia un futuro en donde “un México más libre, más justo y más próspero”, sea algo más que un bonito juego de palabras. Luis Ulloa (Ciencias Políticas y relaciones internacionales) “Un mundo mejor sí es posible. Pero ese mundo no va a ser construido por élites que viven una realidad muy distante a la de los más desfavorecidos”. Desentenderse de la “cosa pública”:
  • Tiene como consecuencia dejarles a otras personas las riendas de un futuro que nos pertenece.
  • Es renunciar a nuestro derecho a ser parte de la construcción del país que anhelamos.
  • Abandonar la lucha por las causas justas.
En asientos forrados de jerga No existe narración más exquisita que la de los taxistas. En mis trayectos citadinos, he atestiguado el auténtico sincretismo entre ficción, amor y terror manifestado en novelas, cuentos y leyendas. Antes me fijaba en las inconsistencias de sus anécdotas. Pero, sinceramente, ya no me hago preguntas, porque la genialidad de dichos relatos no recae en su veracidad, sino en el hecho de que una persona lo cuente y la forma en que lo hace. En asientos forrados de jerga, entre olores pino-arándano-canela, Celestino me confesó que se embarazó, porque “nada de que la mujer con la que estaba, gestó sola”, cuando era todavía un chamaquín. Pasando de primera a tercera, Martín me platicó cómo estudiaba la Guía Roji “todas las noches como si fuera un examen”. En lo que sacaba la mano para girar a la izquierda, Tomás me cantaba a capellala canción que había compuesto con su banda de rock. De Alvirar, del Eje Central, a la avenida 5 de Mayo, a Evaristo le brillaban los ojos al recordar su época dorada previa a la llegada de Uber. Así, cada vez que nos bajamos de un taxi, sabemos que nos despedimos de una persona, pero no de su historia sobre desesperadas supervivencias, amores desenfrenados, abruptos cambios y uno que otro despilfarro. Todo ello atestiguado en un acotado espacio, originalmente decorado, rodeado de rosarios, franelas y una que otra tachuela. Reitero: no existe narración más exquisita que la vivida con los taxistas. Dedicado a todos mis amigos taxistas a quienes les distribuiré este texto como se los prometí. Jimena Mancera  (Derecho)
  • La virtud de los taxistas, entre otras, recae en mantener viva un tipo de narrativa con la que cada vez tenemos menos contacto; la historia oral.
  • El exceso de televisión, la falta de espacios de encuentro y el aislamiento al que arroja una sociedad de rendimiento, han ido difuminado el sabor, folklor y deleite de escuchar la recolección y portación de memoria a viva voz.
“He encontrado los trayectos en taxi como el espacio para nutrirme de este tipo de relatos reflectores de la interconexión humana y de la valía de la comunicación oral”.