De las lágrimas a la euforia

En sólo 10 días, la juventud mexicana vivió el dolor de las pérdidas y el inicio de la fiesta olímpica

VACÍO. Después del
conflicto en la Plaza de
las Tres Culturas, quedaron huellas. Foto: Especial
VACÍO. Después del conflicto en la Plaza de las Tres Culturas, quedaron huellas. Foto: Especial

Aún no sanaban las heridas cuando comenzó la fiesta deportiva. Los Juegos Olímpicos de México 1968, la justa de la paz, pulsaba entre los dolores de la masacre estudiantil. Los jóvenes vivieron la transición de la violencia represiva a la alegría olímpica, en pleno luto.

En la fotografía más vívida que está en mi mente de ese 2 de octubre, están sobre uno de los edificios los soldados parados, hincados y pecho tierra, tirando hacia la plaza. Entonces dije ‘¿qué es esto?’. Estaba fuera de toda la lógica del Movimiento y la plancha tapizada de cuerpos ¡tapizada! Luego de vivir ese shock quería uno olvidar tanto dolor, dice con la voz entrecortada Ricardo Márquez, quien entonces era estudiante en la UNAM.

Pasé del trauma de ese día a ver qué haría en los Olímpicos. Me tocó trabajar en el basquetbol y después me iba a ver las competencias de atletismo al estadio. En pocos días se tornó de la dolorosa experiencia a la fiesta, comparte, afligido, el hoy docente en la Máxima Casa de Estudios, quien recuerda por qué el Ejército dejó las instalaciones unviersitarias.

 

El Ejército ocupó la UNAM desde el 18 y hasta el 30 de septiembre, y no se fueron por gusto, sino porque era totalmente necesario: la UNAM era sede olímpica, aquí entrenarían en la alberca y en el frontón todas las delegaciones y todo estaba saqueado, había que arreglarlo todo; se fueron por esa necesidad de los Juegos, porque del Instituto Politécnico (Nacional) no salieron en ese entonces, agrega el también arquitecto de profesión.

 

Cada uno vivió sus pérdidas entre dolor y festejo, con la frustración de recibir una educación pública que los involucró en los procesos sociales y les enseñó a pensar y valorar la justicia, la igualdad y la libertad, pero gobernados por un Estado intolerante que buscaba destruir los conocimientos que la juventud recién adquiría y deseaba aplicar en una nueva era del México contemporáneo.

Otro lado de la juventud eran los atletas mexicanos que estaban por competir en los Juegos Olímpicos, como María Elena Ramírez, que entonces tenía 16 años y los últimos dos los pasó dedicada a la gimnasia.

Para su preparación final se concentró en el Centro Deportivo Olímpico Mexicano (CDOM) y, como muchos deportistas, vivía alejada de la realidad social que atravesaba la nación, dedicada de lleno en su prueba. Días antes de iniciar la justa, tuvo permiso de visitar a su familia, que vivía en Tlatelolco. Entonces lo supo todo.

El 4 de octubre nos permitieron ir a casa para despedirnos de nuestra familia. Para mí fue tremendo ver lo que pasaba: todo estaba acordonado, con Ejército, nadie entraba ni salía y yo debía regresar ese mismo día al CDOM, pero justo cuando iba de vuelta, mi mamá y yo vimos que había problemas en la plaza ¡la gente venía despavorida, corriendo pidiendo ayuda, queriendo salir! Personas que venían en sus autos se pararon a ayudar.

Yo estaba muy nerviosa y mi mamá me llevó a un coche que me sacó de ahí. Yo no quería dejarlos, estaba muy preocupada, pero mi familia me dio la confianza de irme a seguir mi sueño y los que creemos en algo más nos ponemos en manos más poderosas, recuerda con nostalgia.

La justa fue como una tregua olímpica entre el Estado y los estudiantes, pero al término de los Juegos, el 27 de octubre, el corazón del Movimiento estaba debilitado, abatido. Para el fin de los Juegos, el Movimiento estaba casi muerto, aunque no nos rendimos ya había mucho temor por lo que podrían hacer, ya habían demostrado de qué eran capaces de hacerle a los estudiantes. Todo fue muy confuso, no se sabía qué pasaría ni qué se haría. Regresamos a clases hasta febrero de 1969, agrega Márquez.

El mismo movimiento olímpico se vio afectado. Al terminar los Juegos todo se quedó en stand by. Salimos de la Villa Olímpica y no sabíamos qué pasaría, si a nuestros entrenadores los recontratarían, pero no sucedió, regresamos a entrenar hasta abril de 1969; fueron muchos meses de espera sin saber nada. Regresé a estudiar a la ESEF, aún había muchas movilizaciones, y aunque el deporte era un poco aparte, regresamos todos a hacer nuestro desarrollo, pero como todo en la vida: los vestigios de la realidad ahí están, garantiza María Elena.

En sólo 10 días, la juventud mexicana vivió entre el vaivén de la muerte y la censura, y la lucha y el duelo de los que se fueron y jamás pudieron encontrar; entre la euforia olímpica y la capacidad de ser un anfitrión a la altura de la justa, a pesar de que las lágrimas aún caían de sus mejillas.

 

Por KATYA LÓPEZ

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