El origen de una nueva dirección

Avándaro... el mero nombre hace pensar hoy en música rock, jóvenes, mariguana, lodo, malentendidos, desconfianza, preocupación, hipocresía. El Woodstock mexicano, decían del festival Rock y Ruedas que según el anuncio se celebraría el 11 de septiembre, la parte musical, y al día siguiente, una carrera de automóviles. Pero Woodstock, en esa época, significaba desorden y drogas, peligro social y expresiones de rebelión para un país y una sociedad que no terminaban de recuperarse del trauma de la represión contra el movimiento estudiantil de 1968 y el choque del 10 de junio de 1971. "...la pregunta sigue siendo ¿A qué fueron a Avándaro más de 100 mil muchachos? No a fumar mariguana, no a una orgía, no a una borrachera degradante...", planteaba Jacobo Zabludovsky en su prólogo para el libro Nosotros, que publicado a principios de 1972 trataba de explicar un festejo presentado por la prensa y los políticos de la época –no hablemos de la jerarquía religiosa– como una escandalosa francachela llena de drogas, alcohol y sexo, organizada por mercachifles irresponsables. Zabludovsky se respondía. Los jóvenes fueron a Avándaro a buscarse a si mismos, porque no confían en sus predecesores. "No se entiende Avándaro sin 1968, sin el 10 de junio. No se entiende la juventud de 1971 sin la pasión de estos tres años y sin la experiencia que nos han dado", decía el periodista. No era un punto fuera de lugar. El Movimiento del 68 había sacudido las estructuras políticas y sociales del país. Llevando a un gobierno, autoritario per se, a una represión que aún se recuerda 50 años después. El Jueves de Corpus, el 10 de junio de 1971, ocurrió la primera manifestación estudiantil desde octubre de 1968; atacada por los Halcones, grupo paramilitar del gobierno de la Ciudad de México. La agresión dejó 13 muertos en las inmediaciones de la Escuela Normal Superior y la Unidad Santo Tomás del Instituto Politécnico Nacional. La represión no había sido sólo política. El gobierno, que promovió grandes espectáculos como la Olimpiada de 1968 y el Mundial de Futbol de 1970, bloqueaba a los músicos de rock y en 1969 canceló, por ejemplo, la presentación del musical Hair, una opera-rock opuesta a la guerra de Vietnam. Pero en julio/agosto de 1971 y cuando se esperaba reanudar una carrera de automóviles que fue anual en Avándaro hasta un accidente fatal en 1969, los organizadores propusieron un evento de dos días, que incluyera un concierto de rock previo a las carreras. Y así ocurrió. Había nacido el "Festival de Rock y Ruedas". Eduardo y Alfonso López Negrete, empresarios, llamaron a amigos y conocidos como Justino Compeán y Luis de Llano Macedo, que a su vez buscó a Armando Molina como coordinador musical. La idea original era contratar a La Revolución de Emiliano Zapata y a Javier Bátiz, pero ambos declinaron por compromisos previos -aunque Bátiz coqueteó con la idea de ir, pero no logró llegar al sitio-. A cambio, una docena de grupos aceptó el reto, de tocar desde las 19:00 horas del sábado hasta las 8:00 del domingo, antes de la carrera. Se esperaban algunos miles de asistentes, pero el viernes 10 ya era aparente que la publicidad, las ganas de diversión y deseos de ser y pertenecer habían creado algo distinto. Después de todo, de acuerdo con las estadísticas de población, para 1971 había 54 millones de mexicanos y más de 60% de ellos era menor de 25 años. Peor todavía, unos 13 millones tenían entre 15 y 30 años, tantos como los que estaban entre 30 y 60 años. Woodstocktlan le puso José Emilio Pacheco. Porque fue menos que Woodstock en lo que se refiere a música, a expresión generacional. De hecho, hay quienes se quejan de que la reacción oficial contra los participantes en Avándaro retrasó una década la música de rock en México, entendida no como el "rocanrol" que hablaba de amores y romances, sino el de compromisos sociales y problemas de vida. Muchos de los intérpretes se fueron del país; debieron irse de hecho. Avándaro fue para México mucho más que Woodstock para EU. Por la historia inmediata previa, sea la represión del 68, o la masacre del Jueves de Corpus, el mero encuentro de una masa de jóvenes era un desafío, no importa que sólo fuera por las ganas de desmadre, por el deseo de diversión que a nombre de la familia y las buenas costumbres sofocaba la mojigatería en que habían caído ya los regímenes de la revolución. "Después de Avándaro nada fue igual. Para decirlo de una manera poética, es como una herida en la piel del tiempo que compartimos como estigma quienes fuimos testigos de una época en la que ser joven y además rockero, significaba ser un peligro en potencia para el Estado, la sociedad y la liga de las buenas costumbres", dice Luis de Llano en el prólogo al libro conmemorativo Festival de Rock y Ruedas, con fotografías de Graciela Iturbide y textos de Federico Rubli. POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS

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