Papa Francisco recuerda a sacerdotes que el corazón del pueblo y la Iglesia es la gente

Durante la Misa Crismal de este Jueves Santo el Sumo Pontífice llevó a cabo la unción de los enfermos y catecúmenos

El Papa Francisco acudirá la tarde de este Jueves Santo al penal de Velletri; ahí lavará los pies a los reclusos. Foto: Pablo Esparza
El Papa Francisco acudirá la tarde de este Jueves Santo al penal de Velletri; ahí lavará los pies a los reclusos. Foto: Pablo Esparza

Ciudad del Vaticano. El Jueves Santo inició con la Misa Crismal presidida por el Papa Francisco dentro de la Basílica de San Pedro, acompañado de cardenales, obispos y presbíteros, bendiciendo los oleos a enfermos, catecúmenos y el crisma.

Durante la homilía, el Papa Francisco se dirigió a todos los sacerdotes, Nosotros, sacerdotes, somos el pobre y quisiéramos tener el corazón de la viuda pobre cuando damos limosna y le tocamos la mano al mendigo y lo miramos a los ojos. Nosotros, sacerdotes, somos Bartimeo y cada mañana nos levantamos a rezar rogando: «Señor, que pueda ver» (Lc 18,41). Nosotros, sacerdotes somos, en algún punto de nuestro pecado, el herido molido a palos por los ladrones. Y queremos estar, los primeros, en las manos compasivas del Buen Samaritano, para poder luego compadecer con las nuestras a los demás.

Señaló a través del Evangelio de Lucas que se enfoca la unción a los ciegos, a los pobres, a los prisioneros de guerra y a los oprimidos, que van con el tiempo tomando nombre y rostro propio.

Los nombra en general, pero vemos después con alegría que, a lo largo de la vida del Señor, estos ungidos irán adquiriendo rostro y nombre propios. Así como la unción con el aceite se aplica en una parte y su acción benéfica se expande por todo el cuerpo, así el Señor, tomando la profecía de Isaías, nombra diversas multitudes a las que el Espíritu lo envía, siguiendo la dinámica de lo que podemos llamar una preferencialidad inclusiva: la gracia y el carisma que se da a una persona o a un grupo en particular redunda, como toda acción del Espíritu, en beneficio de todos.

Queridos hermanos sacerdotes, no tenemos que olvidar que nuestros modelos evangélicos son esta gente, esta multitud con estos rostros concretos, a los que la unción del Señor realza y vivifica. Ellos son los que completan y vuelven real la unción del Espíritu en nosotros, que hemos sido ungidos para ungir. Hemos sido tomados de en medio de ellos y sin temor nos podemos identificar con esta gente sencilla. Cada uno de nosotros tiene su propia historia. Un poco de memoria nos hará mucho bien. Ellos son imagen de nuestra alma e imagen de la Iglesia. Cada uno encarna el corazón único de nuestro pueblo.

Comentó que cuando confirma y ordena, le gusta esparcir bien el crisma en la frente y en las manos de los ungidos, Al ungir bien uno experimenta que allí se renueva la propia unción. Esto quiero decir: no somos repartidores de aceite en botella. Somos ungidos para ungir. Ungimos repartiéndonos a nosotros mismos, repartiendo nuestra vocación y nuestro corazón. Al ungir somos reungidos por la fe y el cariño de nuestro pueblo. Ungimos ensuciándonos las manos al tocar las heridas, los pecados y las angustias de la gente; ungimos perfumándonos las manos al tocar su fe, sus esperanzas, su fidelidad y la generosidad incondicional de su entrega que muchas personas ilustradas consideran como una superstición.

El que aprende a ungir y a bendecir se sana de la mezquindad, del abuso y de la crueldad.

Por la tarde de hoy, el Papa llevará a cabo la celebración de la Santa Misa in Coena Domini, en el Centro Penitenciario Velletri de la ciudad de Roma, donde realizará el lavatorio de pies a los reclusos.

 

Por Pablo Esparza

 

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