Zuma: ¿el fin de los héroes que salvan la historia?

Desde su tumba, Madiba —como el pueblo se refería a Nelson Mandela— no debe descansar en paz. Debe estar frustrado y por demás, decepcionado

Zuma: ¿el fin de los héroes que salvan la historia?

Sudáfrica lleva 15 días en el episodio final de una saga que de facto ya concluyó pero de jure nos mantiene en suspenso, visitando las redes sociales cada hora para conocer el desenlace. Desde su tumba, Madiba —como el pueblo se refería a Nelson Mandela— no debe descansar en paz. Debe estar frustrado y por demás, decepcionado. Sus compañeros de lucha a favor de la abolición del Apartheid y con quienes compartió la Isla Robben como prisión, abandonaron los principios que llevaron a que en 1994 arribara la democracia a Sudáfrica con la creación del partido Congreso Nacional Africano (ANC), fundado por el propio Mandela y que hoy continúa gobernando a su país bajo el mandato,—más no el liderazgo—de Jacob Zuma.

Desde el primer gobierno post-Apartheid con Mandela y su ANC, en el imaginario colectivo, Sudáfrica siempre se erigió como la excepción a la regla. Era el faro democrático que iluminaba todo el continente. Era el paradigma africano en el que las instituciones existían y el estado de derecho se ejercía. Era una potencia regional que se desplegó con visión e, incluso, con mayor peso del que realmente le correspondía en el tablero internacional y por ello, apenas en 2005, aspiraba a asumir un asiento permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. Pero la Sudáfrica de Zuma padece los problemas y retos africanos tradicionales y nos despoja de la esperanza de creer en los héroes que, como Mandela, salvan la historia.

Jacob Zuma asumió el liderazgo de la ANC y la presidencia de su país en 2007. Desde entonces, su gestión ha sido todo menos llevar a Sudáfrica a materializar la nación arcoíris multirracial a la que Mandela aspiraba. Ha ignorado la política pública para mejorar el Estado de bienestar y garantizar la movilidad de los negros sobre los blancos. Ha amasado el poder a través de una red tejida de patronazgos, corrupción y la manipulación sistemática del ANC a favor de sus intereses. Después de una década, Zuma ha consolidado una cleptocracia africana más o en términos del Banco Mundial un Estado Capturado en el que la oligarquía ha cooptado las instituciones públicas a favor de las agendas personales. La corrupción endémica es el principal problema de Sudáfrica y por ello, al presidente se le imputan 783 cargos que ha acumulado en los últimos 12 años y que ha permitido que el equivalente 5% del PIB del país esté en manos de saqueadores coludidos sin que permee el beneficio al ciudadano. Hoy me resulta complejo incluir a Sudáfrica en el G20, cuando el país crece a tasas cercanas 0%, el desempleo masivo es 28% y en enero pasado, la calificadora Standard & Poors degradó la deuda del Rand al estatus de basura (junk). En efecto, la Zumapolitik económica ha llevado a que Sudáfrica sea uno de los países más desiguales del mundo.

A este reto, se suma la clásica que recién atestiguamos con el Zimbabue de Mugabe: Jacob Zuma se rehúsa a renunciar a pesar de la enorme presión política que ejercen todos los partidos de oposición e incluso, la mitad de la ANC que no lo apoya y que reconoce la importancia de su salida inminente para reorganizar al partido y prepararlo para las elecciones de 2019. El 18 de diciembre, Zuma perdió el liderazgo del ANC cuando su ex vicepresidente, luchador anti- apartheid, ex líder sindical y ex empresario, Cyril Ramaphosa, fue electo como tal. Logró el liderazgo proponiendo iniciativas anticorrupción y la renovación moral del ANC. Su llegada fue bien recibida por los mercados y por la clientela anual de Davos. No obstante, Ramaphosa tiene poco tiempo para consolidar su victoria. Ganó la batalla al asumir el liderazgo del ANC pero ésta no cesará hasta que Zuma deje la silla presidencial.

Este fin de semana fue crucial para definir el fin de la contienda y, por ello, esperamos los resultados de la encerrona en la que se debieron de haber negociado los términos de salida del actual presidente. Entre más demore Zuma en renunciar, las posibilidades de un impeachment se incrementan y con dicho proceso, que se le sustraiga de su fuero penal. Todos los partidos de oposición buscan un voto de no confianza en el parlamento que se debatirá el 17 de febrero.

Mientras Ramaphosa negocia la salida de Zuma, éste, con su agonía política nos brinda un espectáculo lamentable en el que el sueño democrático sudafricano se desploma.

Mandela supo retirarse a tiempo y garantizó una transición sana. La democracia electoral llegó tarde a Sudáfrica a través de una lucha de liberación encomiable pero le ha durado poco. Señor presidente Zuma: es hora de dejar la silla y recordar lo que atinadamente apunta el extraordinario editorialista sudafricano Richard Pithouse, el poder en el partido basado en intereses compartidos no se traduce fácilmente en mayor poder en la sociedad.
*Analista

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