Aforismos de un terremoto

El miedo a lo incierto siempre será el más grande de todos; un temblor ejerce sobre nosotros un efecto paralizante por la sorpresa

Netlog

En un país de peligros súbitos como huracanes, explosiones, ríos que se desbordan y cerros que crujen y devoran casas, un terremoto representa quizá el miedo más grande de todos. El miedo a venirte abajo, a terminar bajo tierra: a estar y desaparecer un segundo después.

El miedo a lo incierto siempre será el más grande de todos los miedos.

Un temblor ejerce sobre nosotros un efecto paralizante porque a diferencia de un huracán, un sismo nos toma por sorpresa, nos confunde, se burla y juega con nosotros, que andamos a gatas en penumbras –como la noche de este viernes–, o contemplamos absortos el baile de las lámparas, sin movernos para estar a salvo. O caminamos como bebés ayudados por los muros. O no podemos huir del temblor porque dormimos sin ropa.

Las notas del Himno Nacional evocan un temblor de tierra producido por un cañón de guerra, en un país donde en el año 2016 sucedieron 15 mil 460 sismos de distintas familias y dimensiones. Cuarenta y dos veces todos los días en México. En los años 1737, 1932, 1985 y 1995 el país fue sacudido por terremotos de más de ocho grados.

Un terremoto activa nuestro atribulado instinto de sobrevivientes del caos: corremos en la oscuridad, nos lanzamos al abismo de unas escaleras que se mueven como si fueran de papel y en la ansiedad de los momentos posteriores hasta abordamos un elevador cuyos cables bailan como fideos en el vacío.

Un temblor más fuerte de lo habitual es un buen pretexto para desatar en las calles el típico humor mexicano que en temporada de desgracias provoca riñas familiares, amistosas o en las redes:

Cuando por un lado te ataca un huracán, por el otro un terremoto y por arriba los gringos.

Irma: Te voy a hacer pedazos
México: Uuuuy mira cómo estoy temblando.

A ver, está bien tener sentido del humor negro, yo lo tengo, pero no se pasen con los memes del terremoto, tantita prudencia.

En México un cantante rechonchito metido en un overol de mezclilla y que iba por la vida bajo el nombre de Chico Che le cantó a los sismos que en México llamamos temblores con más familiaridad: ¿Dónde te agarró el temblor? / En casa de la vecina.

A diferencia de otros desastres solo podemos tener noticias de un terremoto un minuto antes de que ocurra. Si vives en la Ciudad de México, tres milagros deberán cumplirse para que puedas sobrevivir: que la alarma suene cuando deba sonar, que seas capaz de eludir al embrujo del baile de las lámparas y que en el camino puedas rebasar a los vecinos que se mueven semidesnudos y con el celular más muerto que un pez en las manos.

En un terremoto lo único que queremos –que deseamos con todo el fervor del que somos capaces– es volver a pisar tierra lo antes posible. Porque un terremoto es más que todo, el súbito recordatorio de que seguimos vivos.

Columna anterior: Crisis del Congreso, historia de traiciones

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