Warhol 2017

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En el umbral del Museo Jumex, una asistente aventura un aterrador abrir de boca a quienes hacen fila en la exhibición Andy Warhol, La Estrella Obscura: Ayer vinieron tres mil personas y hoy esperamos cuatro mil.

Una de las primeras obras es un cuadro de un teléfono antiguo que de manera natural se funde con una escena involuntaria: los visitantes caminan en la sala llevando en la manos el celular, inútil como un pez muerto: está prohibido tomar fotos a las obras del primer artista cuya carrera fue catapultada por la publicidad.

Visitar sus archiconocidas obras confirma la vieja declaración de Robert Hughes: nunca ha existido una audiencia tan masiva y cómoda como la que asiste a observar las obras de Warhol, descrito por el controvertido intelectual australiano como una figura anormal: silencioso, homosexual, retraído, eminentemente visible pero opaco, y proclive a la banalidad.

¿Qué nos dicen las obras de Warhol del mundo que habitamos hoy?

Lo primero parece una obviedad, pero un día no lo fue: A treinta años de su muerte, Warhol es el artista más famoso del mundo, el más conocido y perseguido por hordas de fanáticos procedentes de todas las épocas, y ahora especialmente por los millennials, una parte importante de la audiencia que ayer visitaba el Museo Jumex.

En su legendario ensayo de los años 80, Hughes creía que Andrew Wyeth, con sus retratos y paisajes nostálgicos de personas y objetos queridos, y LeRoy Neiman con sus cuadros de estrellas del deporte, eran los dos artistas más famosos de Estados Unidos.

Situaba a Warhol en un tercer sitio, con una mirada densa: Para un pequeño público internacional, es el último de los verdaderos y exitosos retratistas, en un silencio delirante de esnobismo; un hombre tan interesando en las élites, que poseía una revista de sociales.

Hughes –un crítico despiadado que llamó a las obras de Francis Bacon papel para matar moscas– quizá tenía razón en la banalidad en sus obras y la manera en la que hizo escalar el arte a un negocio, pero en sus retratos sobre personajes famosos –y sus cuadros de muertos y negros agredidos por la policía– Warhol ensayó sobre los signos de su tiempo: la fama, –que lo atraía y lo mareaba– expresada en Marilyn Monroe, en Jacky Kennedy, en Marlon Brando. El poder retratado en el cuadro monumental de Mao, y sus famosas series de la silla eléctrica como un símbolo de destrucción.

Al paso del tiempo la obra de Warhol se mira como una arqueología del mundo digital, de la internet y de las redes sociales a las que se anticipó: la fama sobre la que ensayó febrilmente con sus amigos artistas; los muertos en una ambulancia o en un auto volcado, trasladados a sus fondos rojos y naranjas y verdes; las notas y las caras ubicuas del poder y las celebridades; las latas Campbell como el reflejo perfecto del consumismo de nuestros días.

Es Warhol 2107.

 

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