Vuelta a la política

En política, la madurez implica también reconocer, con realismo y serenidad

Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México
Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México

Generó interés mi apunte de la semana pasada sobre la madurez. Lo ampliaré en otra ocasión, pero regreso ahora a la política. En parte, porque madurar no solamente es asumir la inevitabilidad del error. Es reconocer, tan objetiva y oportunamente como sea posible, el entorno al que nos enfrentamos, ya sea para adaptarnos a él o para transformarlo.

Regreso a la política a partir de una anécdota absurda. Recientemente me quedé encerrado en el baño de un hotel por cerca de una hora. Al cerrar una puerta corrediza, ésta se quedó atorada y no fue fácil para el equipo de mantenimiento entrar al cuarto ni mover la pesada puerta después para rescatarme. Cuando algún día haga stand-up quizá actúe cómo me imaginaba escapando por la ventana del baño, pero aquí es más útil recordar la sucesión previa de eventos.

Fui yo quien, a pesar de sentir la puerta más pesada de lo normal, decidió cerrarla totalmente.

Fue sólo cuando, después de bañarme, al no poder mover la puerta ni siquiera un centímetro, percibí con claridad un sentido de alerta, y de inmediato volteé hacia la ventana como posible escape, y hacia la pared para buscar un teléfono desde donde pedir ayuda. ¿Le suena?

En política, la madurez implica también reconocer, con realismo y serenidad, las señales de un entorno cambiante, y nuestra responsabilidad, aún siendo implícita, en su desenvolvimiento.

En las últimas décadas, a pesar del contraste enorme en la calidad y honestidad de las distintas administraciones federales, los mexicanos fuimos contribuyendo a la erosión de los valores e instituciones de la democracia liberal.

Debilitamos a los partidos con un esquema de infinita regulación oligopólica y proteccionista. Debilitamos a los poderes judiciales al permitirles una opacidad e impermeabilidad casi totales a las acusaciones de corrupción en su interior.

Desnaturalizamos a los medios de comunicación al enriquecerlos enormemente del dinero público en publicidad o de sus negocios paralelos con los gobiernos. Debilitamos a los órganos autónomos al forzar nombramientos de franca ilegalidad o cuestionable calidad.

Ello sin contar los innumerables episodios de conflicto de interés, abuso del poder y abierta corrupción que se siguen manifestando con impunidad y muchas veces sin tan sólo una sanción social.

A esta selección de irresponsabilidades colectivas no debemos sumar nuestra incapacidad para reconocer a tiempo que las instituciones democráticas de nuestro país sufren un embate sin precedente desde el poder político y económico de la nueva coalición gobernante.

No hay espacio aquí para enumerar todas las señales de este entorno. Pero sí para cerrar con una invitación a ver, con la oportunidad debida, que como lo ha prometido el gobierno, las cosas van a cambiar.

Y que no hay mucho más que ser víctimas, testigos, o protagonistas de ese entorno; y en ese caso, corregir su dirección.

Asumir eso es también madurar, políticamente hablando.

 

Por ALEJANDRO POIRÉ

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