Votantes dignos

Votantes dignos

Nada encuentro más poderoso para justificar nuestra falta de compromiso, y hasta de esperanza en lo público, que la condescendencia. Una de las razones que se usan para no pagar impuestos, para no denunciar un delito menor, para no participar en una organización ciudadana, o incluso haciendo todo ello, para explicar el fracaso de toda iniciativa generadora de valor público es que en democracia, los votantes son constantemente manipulados y los políticos siempre se salen con la suya. Así, nuestras múltiples fallas cívicas no se ven como parte del problema, sino como una especie de defensa mínima, justa, ante el abuso ineludible.

 

Volveré a escribir más sobre Sergio Fajardo cuando sea la elección presidencial en Colombia. Pero antes de dejarlo descansar retomo en detalle lo que dice sobre su estrategia para convencer a los votantes de su país:

 

los políticos tradicionales han triunfado durante años y años convenciendo a los electores de que la propuesta no importa, y con esa especie de dogma malintencionado consiguen que las campañas se limiten a afiches pegados por todas partes, coliseos repletos de gente traída en buses, miles de cuñas radiales y fiestas con orquesta y trago, a sabiendas de que en ese campo, el de gastar plata por montones, nadie puede competirles. Nosotros, lógicamente, pensamos lo contrario. Dando por descontado que requiere de gran liderazgo, creemos que la propuesta es lo más importante, en unas elecciones y en todo momento; no solo porque representa la identidad del candidato y del grupo que lo acompaña en su lucha, sino porque la consideramos una muestra de profundo respeto por los ciudadanos, pues aquel que no se esfuerza por explicarle sus ideas a una persona, sea quien sea esa persona, es porque la considera inferior o simplemente un instrumento, una cosa. Por eso también notamos algo de desprecio en quienes utilizan la expresión voto de opinión para referirse a una franja de electores informados o más pensantes. Yendo de esquina en esquina, conectando a las personas una a una, tomándonos el tiempo de explicarles nuestra propuesta, hemos triunfado varias veces, comprobando que no hay nadie que no tenga opinión. Para nosotros todas las personas eran votantes, con derechos y responsabilidades, aptas para decidir su futuro por sí mismas. Dignas. (El poder de la decencia, 2017, Planeta). Apostar a la dignidad de las personas en un entorno electoral podrido por el clientelismo no es sencillo. Menos aún para campañas cuyos consultores y analistas comparten su desprecio sistemático por la masa votante. Peor cuando, como en México, la propia ley supone que los electores son como niños indefensos que requieren protección hasta de lo que pueden decir los candidatos y a quién se lo dicen en cada día del calendario.

 

Construir sobre la dignidad de los votantes es, por cierto, consistente con todo lo que sabemos sobre el comportamiento electoral–incluso los hallazgos más recientes sobre su componente emocional. Una mala lectura de la ciencia disponible ha confundido la falta de apego de las personas a un modelo de comportamiento racional estricto con su falta de sensatez.

 

Acierta Fajardo en que el papel del liderazgo es crucial para sobreponerse a estas circunstancias. Y por ello su propuesta es inspiradora: porque nos da a todos la oportunidad de romper el círculo vicioso del clientelismo y la demagogia. Confiando en la dignidad de las personas. Quizá el problema es que cuando hagamos esto, sean más notorias nuestras flaquezas cívicas.

Alejandro Poiré

Decano

Ciencias Sociales y Gobierno

Tecnológico de Monterrey

@AlejandroPoire

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