Víctimas invisibles

¿Por qué la sociedad, instigada por la fuerza mediática, vuelca su atención sobre unas víctimas y hace desaparecer a otras?

Víctimas invisibles

Ámsterdam 25, esquina con Cacahuamilpa, Condesa, 19 de septiembre de 2018. Cerca se escucha un redoble de tambores en el edificio que se desplomó en Álvaro Obregón, a la vuelta de la esquina.

En Álvaro Obregón 286 están aparcados tres vehículos masivos de Televisa: enmarcan el tributo a los muertos en el temblor de hace un año.

Pasa de la 1 de la tarde y han llegado cientos de personas, entre familiares de las víctimas, brigadistas, autoridades y periodistas que forman un hormigueo aparatoso y meditabundo.

Acá, a 150 pasos de distancia, en el hueco donde se alzaba el edificio de Ámsterdam 25, no hay ninguna autoridad, no hay camarógrafos, unidades televisivas y tampoco deambulan las hordas de brigadistas y fotógrafos que se apretujan al doblar la esquina.

¿Por qué la sociedad, instigada por la fuerza mediática, vuelca su atención sobre unas víctimas y hace desaparecer a otras? ¿Cómo enmendar la falta de solidaridad hacia la otredad marginada? ¿Es tiempo de organizar no sólo la ayuda necesaria, sino también la empatía?

El edificio de Ámsterdam 25 tenía la forma de una ele que dividía dos áreas de departamentos.

A uno de ellos, los martes y los sábados llegaba temprano a trabajar doña Mari, chaparrita, anteojos y 58 años de vitalidad concentrada que le ayudaba a seguirle el paso a una mujer de treinta y pocos que rentaba el departamento y organizaba cenas y fiestas cada semana.

Doña Mari tenía varios empleos limpiando casas en la ciudad para ayudar al sostén de la familia: sus dos hijos, Deisy y Leonardo López, y sus cinco nietos.

El día del temblor, doña Mari estaba en el departamento. Fue la única víctima del edificio de Ámsterdam 25, que un año después está representado por un vacío separado por una barda tapizada por anuncios de series y películas de estreno.

Es la 1:46 del 19 de septiembre. Hace unos 20 minutos, en un auto llegó una pareja y ella se bajó, y depositó ante la barda un ramo de 10 rosas blancas, hizo una reverencia breve y se marchó.

Casi enseguida llegaron a pie una señora con un niño en brazos. Era la esposa de Leobardo, que caminaba con su hija de la mano.

Atrás, Deisy, su hermana, su marido y sus tres hijos, que se abrazaban recordando a la abuela.

En el camellón, frente a Ámsterdam 25, a un lado de un muro de amor formado por cientos de candados, limpiaron una cruz clavada en la tierra que lleva inscrito el nombre de María Ortiz Ramírez. Le llevaron dos veladoras y un sencillo ramo de flores.

Venimos a visitar a mi mami, ya hace un año… dijo Leobardo. Una misa, veladoras y unas flores para recordarla.

En Álvaro Obregón 286, el deambular fatigoso de reporteros, fotógrafos y brigadistas se extendió hasta la noche en la ciudad –el país– de los héroes anónimos y las víctimas invisibles.

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