Vestigios por venir

Los primeros cristianos tallaron monasterios que escondieron en las cuevas de Davit Gareja, Georgia

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

Nadie nos avisa sobre la importancia del calzado. Nuestra vida pende literalmente de un hilo atado a la roca con clavos de dudosa firmeza, pero la mujer en tacones que va detrás de nosotros y la pareja de ancianos que encabeza el tour, nos hacen imposible usar nuestros top-siders como excusa para acobardarnos. Además, parece menos riesgoso caminar por ese escarpado que quedarnos solos con los soldados azerbaiyanos que custodian la entrada a las cuevas del monasterio de Davit Gareja.

Nuestro guía nos asegura, con sonrisa macabra, que en los años que lleva dando tours a ese sitio todavía no le ha tocado ver morir a nadie.

Nos aventuramos a cruzar las feroces pierdas que, hace cientos de años, cruzaron los primeros cristianos de la zona, con un calzado todavía más cavernícola que el nuestro y sin hilitos que les indicaran cuál era la ruta más fácil para llegar a las cuevas paleocristianas. ​

En nuestro país el catolicismo llegó con la Conquista, así que estamos acostumbrados a ver representaciones bíblicas bastante modernas: Cristos que sangran y agonizan con todo el realismo y drama del Barroco. Quizá a eso se deba que estas pinturas, realizadas mil años antes de que cualquier cruz tocara nuestras tierras, nos parezcan tan ajenas a los ángeles, santos y mártires que estamos acostumbrados a ver. Hay algo primitivo, salvaje y excitante en estas primeras manifestaciones del cristianismo.

Los monjes que fundaron el monasterio de Davit Gareja quisieron mantener su fe secreta y protegida: eligieron un lugar prácticamente inaccesible, casi invisible, y tallaron directamente sobre la roca capillas completas con altares, bóvedas y hasta bancas que recubrieron con elaborados y coloridos frescos bizantinos. ​

Su secreto fue descubierto primero por hordas mongolas que destruyeron cuanto pudieron; después por los bolcheviques, que usaron el terreno como campo de tiro. Hoy todavía se ven, en la reconstrucción posterior a los ataques de los herederos de Gengis Kan, elementos de la cultura mongólica: apóstoles de ojos rasgados y pómulos elevadísimos, símbolos y patrones que los monjes tallaron en las cruces con la esperanza de que los bárbaros los reconocieran como propios y no los destruyeran.

Entre apóstoles y ángeles milenarios conviven muestras del movimiento bandalista del siglo XX: graffitis y rayones de penes eyaculando, el nombre de un soldado que sintió la imperiosa necesidad de tallarlo sobre el rostro de un mártir; incluso se pueden ver las huellas del amor adolescente en uno que otro altar: corazones tallados en la roca que envuelven las iniciales de dos amantes.​

Volvemos al puesto de control que encarna la disputa entre Georgia y Azerbaiyán por el monasterio e imaginamos las nuevas marcas que dejará ese jaloneo: los vestigios que vendrán después de nosotros.

 

Por RUY FEBEN Y CARLOTA RANGEL

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