República delegativa, confesional y discrecional

López Obrador apunta al bienestar de las almas como objetivo a alcanzar

República delegativa, confesional y discrecional

Andrés Manuel López Obrador ya es presidente electo. El cambio votado por 30 millones de electores va tomando forma con celeridad.

Su avasallador triunfo en la elección presidencial, Congreso federal y legislaturas locales remite al concepto de democracia delegativa acuñado por Guillermo O’Donnell y retomado por Leonardo Curzio (El Universal, 30/07/18), donde se otorga al líder una capacidad de decidir como mejor le parezca (…) sin acudir a los controles tradicionales de las instituciones que puedan significar una traba o un obstáculo a su proyecto político.

De ahí que el mandato casi ilimitado que recibieron López Obrador y su partido amplifique el peso de sus palabras y de sus ideas. Por lo pronto, ciertas pos -turas inquietan por sus implicaciones en materia de legalidad y justicia.

En primer lugar, la insistencia en la elaboración de una constitución moral preocupa por la confusión de fines y medios. Claramente, los niveles de violencia y corrupción imperantes indican una grave descomposición social y ausencia de valores cívicos elementales que urge atender.

Sin embargo, Lopez Obrador apunta al bienestar de las almas como el objetivo a alcanzar. Por loable que parezca, dicha labor escapa al ámbito de competencia de un presidente.

El problema aumenta cuando la moralidad de los fines entra en conflicto con la legalidad de los medios. Cuando en aras de ayudar a los damnificados de un sismo, se crea un fideicomiso que viola la ley. O cuando se rehúsa investigar actos de corrupción pasados porque no desea venganzas ni cacerías de brujas.

La convocatoria presidencial debería ser a cumplir la ley, no usarla a discreción.

Un segundo tema derivó del arranque de los foros para la pacificación del país en Ciudad Juárez, donde el mandatario electo exhortó a los familiares de las víctimas de homicidios y desapariciones a perdonar a los culpables.

Pero, ¿quiénes son esos culpables? Para López Obrador son las policías, el ejército y los criminales, así, en el mismo saco. Sigue en su papel de opositor con ese discurso gelatinoso de fue el Estado como si no hubiera responsables puntuales. Los 30 homicidios registrados en Ciudad Juárez horas antes de la llegada del Presidente electo no fueron obra de las Fuerzas Armadas ni la policía local. Es importante decirlo, no caben ambigüedades.

Existen grupos criminales bien armados, mejor financiados y sumamente violentos. No son el Estado.

Como presidente electo, López Obrador debe dejar el mensaje pastoral y asumirse como autoridad.

A partir del 1 de diciembre, pasará a encabezar ese mismo Estado y su labor será recuperar la seguridad. Podrá ofrecer amnistía o indulto a los respon-sables, pero no perdón.

Como se escuchó en el foro para pacificar al país ni perdón, ni olvido, sino justicia pronta y expedita.

De otra forma, la transformación anunciada será pasar del gobierno representativo, laico y federal, hacia una república delegativa, confesional y discrecional.

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