Vamos platicando, Andrés


Después de reiterar desde el 2015 que Morena no haría acuerdos con ningún partido por considerar que, a excepción del suyo, todos los demás pertenecen a la “mafia en el poder”, Andrés Manuel López Obrador demandó al PRD, PT y MC que declinaran sus candidatos en las elecciones de Estado de México, Nayarit, Coahuila y Veracruz a favor de los suyos o, de lo contrario, no haría alianza con ninguno de ellos en el 2018. AMLO pasó súbitamente del rechazo al ultimátum.

Podría pensarse que Andrés Manuel cambió de opinión y que ahora se preocupa por la unidad que antes desdeñó, pero eso sería pecar de ingenuo. Nadie concita apoyos amenazando, descalificando e injuriando a quienes se quiere de aliados y el tabasqueño tiene suficiente experiencia y camino andado para saberlo. Si de verdad quisiera sumar fuerzas buscaría a los presidentes nacionales, tendería puentes para plantear acercamientos, propiciaría reuniones para discutir acuerdos y compromisos y haría llamados diplomáticos y respetuosos, en lugar de intensificar los ataques en plaza pública, tal y como hizo Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 para contribuir a conseguir la declinación de Heberto Castillo.

Quizá AMLO no quiera ganar Edomex y por eso eligió una candidata con menos perfil y experiencia que otros liderazgos como, por ejemplo, Horacio Duarte; se rehusó a siquiera platicar sobre alianzas cuando existían los tiempos legales y ahora hace un llamado tan grosero, soberbio y prepotente que su fracaso estaba asegurado desde que fue pronunciado. Quizá piense que puede ganar solo y con ello convertir- se en virtual triunfador de la contienda del próximo año, y en caso de no lograrlo responsabilizar a los otros por la derrota. Pero resulta irresponsable jugar con una elección tan estratégica.

La derrota del PRI en Edomex modificaría radicalmente el mapa electoral, enterraría cualquier perspectiva de continuidad para ese partido al frente del país en los comicios de 2018 y abriría la puerta al necesario cambio de régimen en el país. Por eso, a la mezquindad se le debe responder con altura de miras. Lo correcto es que los presidentes nacionales de los partidos de oposición se reúnan para platicar no sólo cómo hacer una coalición de facto en las elecciones de este año y decidir dónde pueden darse declinaciones, así como los criterios y mecanismos para establecer quiénes encabezarían, sino también el programa que llevarían los gobiernos de coalición que surgirían de los eventuales triunfos, y qué nuevo rumbo darle al país.

Diseñar un nuevo régimen político rebasa a cualquiera de los partidos políticos, incluso a una parte del espectro ideológico. Se requiere de un amplio acuerdo en el que la sociedad civil de- be ser protagonista para evitar simulaciones. Sí, la unidad se construye con diálogo.

 

Por Guadalupe Acosta Naranjo, Diputado del PRD

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