Una semana santa de rituales, lágrimas y risas

La supuesta mejor forma de adaptarse a un lugar que se visita es seguir el consejo del refrán: “A donde fueres haz lo que vieres”

Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México

¡Atención! No siempre es así. Hace algunos años con motivo de las vacaciones de Semana Santa, mi esposo y yo emprendimos un viaje a Japón. Creíamos que no había poder capaz de opacar la ilusión de tal aventura hasta que nos bajamos del avión y descubrimos cuán equivocados estábamos.

Apenas salíamos emocionados de Migración cuando David recibió la tristísima noticia de que su abuela acababa de fallecer. Ni cómo tomar un vuelo inmediato a Barcelona, así que, de camino hacia el hotel y considerando que estábamos en un país de muchas costumbres espirituales, decidimos que allí mismo, a manera de señal divina, encontraríamos la manera de despedir a La Yaya bonita.

A la mañana siguiente, entre el cambio de horario y la pena, nos fuimos a caminar por el parque Ueno. Era primavera y aún quedaban muchos cerezos en flor. De pronto nos topamos con un templo budista medio escondido en un jardín zen que estaba en total silencio y soledad ¡Era la señal! El lugar ideal para honrar la memoria de Consuelo, dejando a un lado diferencias religiosas, idiomas, culturas o razas. Vimos que al lado del templo había dos postes rojos de los cuales pendían unos cables metálicos que estaban llenos de papelitos con escrituras amarrados al alambre. Entendimos que eso es lo que había que hacer. Pagamos una vela y buscamos el papel para escribir un pensamiento de despedida y seguir la tradición que el sitio aparentaba. David notó que en la fachada del templo había muchos papeles colgando de una viga de madera que tenían una forma curiosa. Como si estuvieran recortados en rectángulos. Creyó que eran los papelitos en los que se escribían los pensamientos y arrancó un pedazo. Allí escribió su despedida a La Yaya, lo amarró al alambre y nos quedamos callados entre lágrimas, hasta que se consumió la velita. El resto del paseo estuvimos en silencio sin Consuelo, en todos los sentidos de la palabra, buscando resignación.

Días después en otro templo del centro de Tokio descubrimos el significado de los papelitos amarrados en los alambres. En realidad son la mala fortuna amarrada allí para que no se cumpla; y no se arrancan de la fachada del templo, se pagan unas monedas y tú eliges, entre miles de cajoncitos, cuál es tu papel casi como en la feria. Entre risas y, la verdad, un poco de vergüenza concluimos que sin importar la tradición nipona le habíamos dado a Consuelo una despedida emotiva porque nosotros le dimos al ritual el significado que queríamos. Y fue allí, en ese momento, donde mi guapo recuperó la sonrisa y el brillo de sus ojos azules. Ese mismito tono azul que los ojos de La Yaya bonita.

Por ATALA SARMIENTO

@ATASARMI

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