Una extraña subasta

Un poco de calma para organizar bien y con tiempo las subastas del SAE, como se hacía anteriormente, no estaría de más

Martha Anaya / Alhajero / Heraldo de México
Martha Anaya / Alhajero / Heraldo de México

La expresión de Ricardo Rodríguez Vargas no podía ocultar la desilusión. Una tras otra, las propiedades en subasta escuchaban el grito: ¡Desierto! ¡Desierto! ¡Desierto!

Entre los presentes en la explanada de Los Pinos –incluyendo a los propios trabajadores del Servicio de Administración y Enajenación de Bienes (SAE)– hallaban dos razones de peso a ese fracaso.

Porque eso era, un fracaso, por más que se hubiera vendido la casa de Zhenli Ye Gon, vía telefónica (para una Fundación), en 102 millones de pesos:

1.-Las prisas de este gobierno. La celeridad con que se implementó esta subasta: apenas 15 días, cuando normalmente toma meses su preparación, se hacen de manera regional y bajo sobre cerrado (no de manera presencial, como ayer).

2.-El miedo. Desconfianza, por un lado, a la situación física y jurídica que priva en los distintos predios o inmuebles subastados; y pánico, por otro, a adquirir propiedades que en algún momento pertenecieron al crimen organizado.

Ven latente la posibilidad de una venganza de cualquiera de los afectados, por el sólo hecho de adquirir la que fue una de sus propiedades.

En el catálogo de bienes a subasta no se informa a quiénes pertenecieron, pero, por lo general, la gente sabe a quiénes pertenecieron.

De ahí que, por más hermosas que fueran las casas y el lugar en que se encuentran –además de un precio atractivo–, la venta de una tras otra se declaraba desierta. Desierta, por segunda ocasión.

Fue el caso del lote 13: Una casa habitación ubicada en la zona residencial de Sumiya, en Jiutepec, Morelos, a Raúl Flores El Tío –presunto operador financiero del Cártel Jalisco Nueva Generación– cuyo costo de salida era de seis millones y medio de pesos en términos redondos.

Los propios subastadores del SAE se mostraban sorprendidos ante el silencio. Ni una sola paleta se alzaba bajo la carpa. Otro tanto ocurrió con las dos casas de Metepec (valuadas en poco más de seis millones de pesos cada una) que, se cuenta, eran propiedad de Joaquín Guzmán Loera. Desde habrían operado inicialmente la fuga del Chapo de Almoloya.

Y ni qué decir de la residencia en el fraccionamiento Campestre Rancho Leonero en Los Cabos, Baja California Sur, cuyo propietario fue uno de los Arellano Félix: El Tigrillo. La oferta de 15 millones de pesos pasaditos para abrir boca, no animó a nadie.

Otro hecho que llamó la atención es que, entre los terrenos en subasta –y que tampoco se vendieron– hay cuatro propiedades de Ferronales (empresa que lleva 18 años en proceso de liquidación); un invernadero en Mulegé (BCS) de Banrural. En suma, sólo cinco de 25 bienes inmuebles salieron esta vez. Fue extraño y desilusionante. Un poco de calma para organizar bien y con tiempo las subastas –como se hacía anteriormente–, no estaría de más.

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POR MARTHA ANAYA 

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@MARTHAANAYA

 

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