Un vasito de monedas

El niño vestía ropas viejas, visiblemente desgastadas, su padre y su hermano, quienes cantaban en un rincón del comedor, lucían en iguales circunstancias

Eran las tres de la tarde del jueves de la semana pasada, mi familia y yo decidimos comer en un mercadito de la Ciudad de México. Ya sentados a la mesa y con nuestros alimentos, platicábamos amenamente sobre las anécdotas escolares de mis hijos y los pendientes familiares; de pronto el sonido de unas guitarras amenizaba el lugar, con la música nuestra charla no pudo continuar.

Mientras pacientemente comíamos y escuchábamos la música, una pequeña mano con un vasito de monedas se acercó, distraído no hice caso a la petición de una contribución por la música que sonaba en ese instante. Al alejarse el pequeño niño, mi familia y yo observamos una imagen que tristemente se reproduce por decenas de miles en nuestra ciudad y en el país; el niño vestía ropas viejas, visiblemente desgastadas, su padre y su hermano, quienes cantaban en un rincón del comedor, lucían en iguales circunstancias.

Recordé de inmediato que vivimos en un país que, según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, existen 55.3 millones de personas con algún grado de pobreza y casi 10 millones en pobreza extrema, es decir, en pobreza alimentaria. Pensé en los miles de millones de pesos que nos gastamos como país en campañas electorales, o los millones de pesos que son robados por políticos que hoy perseguimos. Mientras la fuga de grandes cantidades de dinero se convierte en noticia, en un mercado veía como un pequeño niño y su familia luchaban por unas cuantas monedas.

Sensibilizado por esos pensamientos, le llamé al niño para que se acercara y ayudarlo con un apoyo económico, pero con la impotencia de que un gesto así, no resuelve el problema de fondo. El padre del niño le dijo que fuera hasta donde me encontraba, incrédulo el menor se acercó hasta mí; descubrí a un niño delgadísimo, visiblemente desmejorado, ojos enormes, hundimiento en sus sienes, clara muestra del hambre que hacía presa de él. Me acercó su vasito de monedas, coloqué discretamente un billete, su sorpresa fue enorme, corrió hasta donde estaba su padre para enseñar lo obtenido. El hombre con una amplia sonrisa agradecía el gesto mientras con un nudo en la garganta pensaba en lo mal que lo hemos hecho como Gobierno y sociedad.

Quiero pedirle, que seamos sensibles a quienes viven en pobreza extrema, al mismo tiempo que exijamos a los Gobiernos que den resultados. Seamos solidarios, ayudemos, repartamos, equilibremos; esa es decisión nuestra.

Corazón que sí siente

Ante la desatada violencia y criminalidad que viven algunas colonias de la ciudad de México, pidamos con energía a la Policía y a la Procuraduría, eleven la vigilancia y seguridad. También cuidémonos a nosotros mismos; ser discretos y moverse con bajo perfil, ayuda a alejar los robos y los asaltos.

Columna anterior: Así es el aire que respiramos

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