Un Rebaño descarriado

Las Chivas están a la deriva y sólo Jorge Vergara podría poner orden en medio del caos, pero no está

Jorge Murrieta / Sin rollos / El Heraldo de México
Jorge Murrieta / Sin rollos / El Heraldo de México

Es cierto que a veces es cansado escribir de las Chivas. Gastar tinta y arrastrar el lápiz para darle bola a un club gris y mediocre es un despropósito. Sin embargo, entiendo, es el más popular. El bienamado. Con el que se identifica el pueblo (me imagino que el bueno, el que se comió la pelotita de la 4T) porque sólo juega con mexicanos.

En el siglo XXI. ¡Por Dios! Si fuera hincha de este cuadro habría tirado la toalla hace algún tiempo y hubiera nadado de muertito. Pero el ejercicio periodístico (cuando menos el de opinión) dicta que hay que centrarse en lo que vende. Y el Guadalajara lo hace. Mucho. Millones y millones de mexicanos consumen a diario en periódicos, programas de radio y TV, lo que está pasando con el Rebaño Sagrado.

Hoy, sin pastor, a la deriva, anquilosado y medio muerto, que se estrella con pared cada que intenta dar un paso. Desafortunadamente Jorge Vergara no goza de buena salud. Es el único que podría poner orden en medio del caos. No es Valdano. Tampoco Cruyff. Está lejos de Menotti y no se acerca, ni remotamente, a Guardiola. Pero el tipo entiende de negocios; cuida su producto. En métodos gerenciales y administrativos es una fiera. Pero no está. Y aparentemente su hijo Amaury (y mucho menos quienes lo rodean) heredó esa visión empresarial. Un ejemplo: José Luis Higuera tuvo la brillante idea de llevar a Tomás Boy a dirigir los últimos cuatro partidos.

A Tomás, con todo respeto, no puede tomársele en serio. Es fanfarrón, prepotente y, lo peor de todo: no está actualizado. Hizo lo que otros vividores: sentarse a debatir en TV para agarrar chamba. Y por increíble que parezca, lo consiguió.

Sin ganar nada, Boy llegó a uno de los banquillos más calientes del futbol mexicano. Su desempeño como técnico ha sido lamentable. Por momentos hizo jugar bien al Atlas y se coló a una final dirigiendo al Morelia, aunque sucumbió ante los Pumas bajo el calor abrasante del mediodía defeño.

Hace no mucho aseveró que Guadalajara era un equipo perdedor. Hay que cuidar lo que se dice porque cuando uno escupe hacia arriba, seguramente le regresará como cascada el escupitajo. Antes del partido contra Morelia (que perdió 1-0) la encomienda era calificar a la Liguilla. Hoy, a Tomás y a la feligresía rojiblanca, no les queda más que rezar por un milagro. Tal y como apuntábamos hace un par de semanas, las Chivas arrancarán el siguiente torneo con un problema muy serio de cociente (aunque nunca descederán porque nuestra liga es de cuarta y cada quien hace lo que le viene en gana: pagar millones por la permanencia). Y como por estos lares no hay memoria y tenemos directivos acomodaticios, tendremos Chivas para rato, con todo y su directiva improvisada y su soliviantada cuanto frágil y aguantadora afición.

¿Qué quieren? Así es nuestro futbol. Vendemos la idea de que nuestra liga es la Premier, pero ofrecemos un producto francamente paupérrimo.

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