Un mundo feliz: la cacotopía del lopezobradorismo

En México han cobrado relevancia nociones como la pigmentocracia, la supremacía blanca, el privilegio y el elitismo opresor

Articulista invitado / Alejandro Echegaray / El Heraldo de México
Articulista invitado / Alejandro Echegaray / El Heraldo de México

La política neoliberal no sólo impuso un modelo económico, todo esto que crearon sobre la panacea de las privatizaciones, cómo nadie fue al diccionario a ver qué significaba privatizar, y es trasladar, convertir lo público en privado.

Andrés Manuel López Obrador

Presidente de México

El mundo enfrenta una regresión populista. En años recientes dictaduras y regímenes antiliberales en todo el globo se han instalado en el poder. En Hungría, el primer ministro Viktor Orbán ha sometido a los reguladores y doblegado a los empresarios, a la prensa y al poder judicial. En Polonia sucede algo similar. En nuestro continente, Venezuela se ha convertido en el paradigma de la crisis humanitaria, y el régimen de Evo Morales es un estado gendarme que inhibe el desarrollo de la iniciativa privada. De Trump a Erdogan, de Duterte a Putin, los embates hacia la prensa independiente y al sistema de justicia son ya una norma. Si bien Boris Johnson es un cosmopolita educado en Eton y Oxford, el movimiento de desglobalización que encabeza y que busca la salida del Reino Unido de la Unión Europea ha detonado un proceso de erosión institucional en la Gran Bretaña.

Alrededor del mundo los electores han sido convencidos de que son explotados por élites rapaces. En México han cobrado relevancia nociones como la pigmentocracia, la supremacía blanca, el privilegio y el elitismo opresor. Además de incitar una mayor división social y agravar los problemas que intenta resolver, el concepto de pigmentocracia es muy limitado para explicar un fenómeno tan complejo como la desigualdad. Llama la atención que los que medran con la idea del privilegio blanco sean progresistas de las clases más aventajadas del país. Pareciera que se trata menos de una preocupación por la desigualdad y más de una forma de pragmatismo social.

Podría ser que este tipo de retóricas de la desigualdad étnica se han convertido en pretextos para uso de las buenas conciencias con el fin de esconder un proyecto político de control social como no se ha visto en México en varias décadas. En nombre del pueblo ha iniciado un proceso de desmantelamiento de la democracia y de erosión institucional que no se puede explicar sino por una tentativa de centralización del poder. Son muchas las señales que hacen pensar que este es el caso: la selección de delegados en los estados, la generación de clientelas con base en transferencias directas, la promoción de las iglesias evangélicas, así como la nueva reforma electoral que plantea la desaparición del INE. Este proyecto centralizador parece seguir el mismo patrón de los populismos autoritarios de Orbán a Putin. Pero lo que se necesita son planteamientos descentralizadores y de fiscalización del poder. Hay que impulsar proyectos de infraestructura para el desarrollo regional, abolir el capitalismo de cuates, fortalecer los sistemas educativo y de salud con un enfoque federalista, fortalecer el estado de Derecho y establecer derechos de propiedad. Eso generará no sólo crecimiento, sino un desarrollo regional. También promoverá el establecimiento de una sociedad menos desigual. Hoy como siempre, la solución liberal es también la más justa.

POR ALEJANDRO ECHEGARAY
POLITÓLOGO

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