¿Un hito?

La Guardia Nacional propuesta por AMLO, incluso en su versión civil aprobada por el Senado, es un rechazo explícito a ese proyecto

ALEJANDRO POIRÉ

Hace seis años, producto de la aspiración presidencial de uno de sus secretarios, el gobierno de Enrique Peña impidió la consolidación de lo que había sido un proyecto de Estado arrancado por Ernesto Zedillo y al que el gobierno de Felipe Calderón le había dado oportunidad real de tener cuerpo y forma: una Policía Federal de excelencia.

La Guardia Nacional propuesta por AMLO, incluso en su versión civil aprobada por el Senado, es un rechazo explícito a ese proyecto, y en el mejor de los casos, una vuelta al reloj de casi 20 años. Pero lo relevante de lo que ocurrió el pasado jueves en el Senado tiene menos que ver con la derrota de la Policía Federal que con el símbolo político que quizá anuncia.

Independientemente de las múltiples contradicciones de su campaña, Andrés Manuel López Obrador llega al gobierno a proponer una Guardia Nacional de carácter y mando militar para atender la crisis de seguridad pública.

Su propuesta tiene respaldo en las encuestas, pero genera una merecida alarma al negar en definitiva el carácter subsidiario y temporal de la participación de las Fuerzas Armadas en la materia, y dejar de lado la consolidación de policías civiles, especialmente locales, que defiendan a los ciudadanos y la ley.

Durante la discusión de la iniciativa en la Cámara de Diputados se convoca a un cúmulo de expertos y activistas, pero sus críticas a la Guardia Nacional no son suficientes para frenar su carácter militar.

Después de algunas modificaciones cosméticas, la coalición gubernamental vota una reforma constitucional para la creación de una Guardia Nacional militar, misma que se envía al Senado.

Ahí la historia cambia. Gracias a la insistencia de las organizaciones de la sociedad civil, activistas, expertos, los partidos de la oposición, y en virtud de que la coalición de Morena y el PT no alcanza por sí sola la mayoría constitucional, se produce una negociación que concluye con una Guardia Civil bajo control administrativo y judicial correctamente civil. Insisto, esto dista de ser una gran noticia, aún si la Cámara de Diputados acepta en su totalidad la minuta del Senado. Ello, porque además de que es un proyecto contradictorio con el de Policía Federal, todavía es posible que en la legislación secundaria se introduzcan un sinfín de componentes que militaricen la integración de la Guardia.

Pero quizá el episodio anuncia algo hasta ahora inesperado en la conducta política del gobierno: su capacidad para ceder cuando no le alcanzan los votos. Asumir una derrota y convertirla (si bien parcialmente) en triunfo. El mérito, por ahora, está centrado en el líder de Morena en el Senado, Ricardo Monreal.

La ausencia de una mayoría calificada lo ubica, paradójicamente, y como ocurrió cuando no logró la candidatura al gobierno de Ciudad de México, como el único personaje con autonomía relativa frente al Presidente, y de hecho, con capacidad para desafiarlo. Más allá de la simpatía que nos cause cualquiera de las corrientes de Morena, o los tintes específicos de este proyecto legislativo, esto es buena noticia.

No el que se busque el consenso en sí mismo, sino que incluso al interior de su propio movimiento, el Presidente tiene contrapesos. Ojalá se multipliquen y se consoliden. Mucho depende de ellos.

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