Trump “no sabe lo que hace”, pero se queda

Hasta ahora la defensa de los republicanos es de más o menos "perdónenlo, es un idiota", según el NYT


De la misma forma que cada vez parece más claro que el presidente Donald Trump sigue todavía confuso respecto a los límites a su poder, formales e informales, también que a reserva de sorpresas, los sueños de impugnarlo se quedarán en eso, sueños.

De creer a algunos de sus defensores, como el presidente de la Cámara baja, Paul Ryan, mucho del problema que enfrenta Trump es que no conoce las formas ni las formalidades de gobierno.

Hasta ahora la defensa de los republicanos es de más o menos perdónenlo es un idiota, según las descripciones de The New York Times o The Washington Post. Pero eso implica la brutal imagen de un presidente que hace tratos con un adversario histórico sin saber bien a bien de que se trata ni de donde está parado. Y eso pone a funcionarios de su gobierno en un problema potencial.

Cierto: la declaración de James Comey, ex director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), ante el Comité de Inteligencia del Senado, no produjo el momento definitivo que muchos hubieran deseado ni la huella definitiva de una colusión con Rusia durante las elecciones. A cambio, produjo información como para mantener ocupados durante meses a los investigadores del Comité Especial y a los abogados del gobierno Trump.

La popularidad de Trump se encuentra normalmente alrededor de 40% , un indicador muy bajo para un presidente que todavía no llega a los seis meses en el poder.

Pero eso incluye a buena parte de la base conservadora del Partido Republicano, que considera que el mandatario trabaja para cumplir sus promesas.

Si a eso se añade que hay algunas buenas noticias, por lo menos en los indicadores macroeconómicos, se diluye el caso para que los republicanos abandonen a Trump.

Sin embargo, Trump parece lo suficientemente audaz, ignorante, o tonto, como para lanzar constantemente mensajes que la revista conservadora The Week comparó como un cerillo retórico en un montón de maleza.

Los frecuentemente incendiarios tuits de Trump pueden jugar bien con sus seguidores, pero impulsan sus negativos y agitan a sus adversarios, cuando no crean algunos nuevos. Personas que por cualesquier razones no salieron a votar en las elecciones de noviembre encuentran cada vez más razones para hacerse políticamente activas, sea por desacuerdos con la política sobre el medio ambiente, por migración, por los problemas éticos de Trump, o por su aparente énfasis en una política exterior militarista.

Ese nuevo activismo, ese surgimiento de descontento, puede tener un efecto en las elecciones legislativas de 2018. La investigación sobre la intervención rusa en las elecciones y su vinculación con la campaña Trump puede seguir, y probablemente dará meses de titulares.

Pero a menos que haya algo más que lo mostrado hasta ahora, no parece haber elementos suficientes para justificar un políticamente traumático juicio impugnatorio.

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