Migración, el dilema

Tienen derecho de buscar el mejor lugar para vivir, y el deber de respetar las leyes

Alejandro Cacho / Touché / Heraldo de México
Alejandro Cacho / Touché / Heraldo de México

No creo en eso de las energías, pero parece que los astros se alinearon para que México se convirtiera en el receptor de los miles de migrantes centroamericanos que dejaron sus comunidades y países en busca de la tierra prometida en EU. La llegada de esos miles de mujeres, niños y hombres de todas las edades nos ha metido en un dilema como sociedad.

La primera reacción que escuché cuando se supo que la primera caravana de hondureños iba a ser recibida en México para recibir asistencia humanitaria, médica y, eventualmente, un empleo para quien quisiera quedarse, fue de miedo y rechazo. Es normal.

Viví más de 12 años en distintas ciudades de la frontera norte y pude conocer de cerca la problemática de los migrantes. Desde el punto de vista social, ahí se conjugan tres elementos principales. Son personas desesperadas, dispuestas a todo con tal de conseguir su sueño. En su afán de internarse en territorio de Estados Unidos, causan involuntariamente rechazo, miedo e inconvenientes a los habitantes de ambos lados de la frontera. Pero, al mismo tiempo, son la prueba viviente de una crisis humanitaria difícil de entender. Primero, no perdamos de vista algo fundamental: salieron de sus lugares de origen huyendo de la miseria y la violencia. No por gusto.

Cierto, lo que quieren es trabajar y encontrar un mejor futuro, no hay delito alguno en eso. Sin embargo, como no tienen nada que perder y sí mucho que ganar, no les importa violar leyes que, incluso, en muchas ocasiones ignoran. Cualquiera entiende que los países tienen sus propias leyes y todos, residentes y visitantes, están obligados a respetarlas.

La migración es un desafío político, económico y social. Es un fenómeno que no saben manejar los políticos, pero tampoco la sociedad. Muestra de ello es que en distintos lugares del planeta ocurren las reacciones extremas ante el tema. Por un lado, la violencia racista y también, aunque en mucho menor medida, la política de fronteras abiertas.

El racismo ha merecido la condena unánime de la comunidad internacional, aunque hay países racistas -como México– donde se ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Al mismo tiempo, la política de fronteras abiertas ha provocado graves problemas sociales con el paso del tiempo en los países donde se recibe a quien sea cuando sea. Países como Reino Unido, Francia, Bélgica, y otros, hoy viven bajo la amenaza terrorista de quienes habitan en su propio suelo. Se trata de aquellos que fueron acogidos cuando eran niños, o incluso nacieron ahí, pero que tienen raíces diametralmente opuestas. Ahí se educaron, crecieron e hicieron una vida, pero el fundamentalismo religioso o la ideologización extremista, difundida a través de las redes sociales, los transforma y convierte en enemigos de aquella nación que los recibió. Ejemplos hay muchos. Los migrantes mexicanos o de cualquier lugar del mundo tienen el derecho de buscar el mejor lugar para vivir, pero también la obligación de respetar las leyes y cultura del lugar a donde llegan.

 

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@CACHOPERIODISTA

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