Todo es un remix

En los últimos 15 años, más de la mitad de las películas que llegan masivamente a las salas de cine son secuelas

Todo es un remix

Nada es original, todo es un remix, fue lo que dijo Kirby Ferguson, un cineasta, autor y conferencista durante una de sus ponencias más famosas acerca de la creatividad en el siglo XXI. Y quizá tenga razón, sobre todo al hablar de cine: 53% de las cintas más taquilleras a nivel mundial, producidas entre 2004 y 2017, son secuelas o remakes, según una investigación del periodista y catedrático de la BBC, Stephen Follows.

Pero antes de empezar a criticar que vivimos en una era de refritos, relanzamientos y cientos de películas que acaban con el sufijo Man; hay que aclarar que este fenómeno es casi implícito al nacimiento del cine: el primer remake fue lanzado en 1904, cuando estrenó The Great Train Robbery, cinta homónima de la obra de Edwin S. Porter estrenada unos meses antes y que es una de las obras más importantes en la historia, gracias a sus técnicas de cámara e innovación. De hecho, otro remake durante la primera década de los 1900 fue Excursión a la luna, una copia francesa de la película mítica de Georges Méliès.

NUEVAS VERSIONES DE CINTAS

Durante la última década, este subgénero ha sido una constante hollywoodense que ha contado mayor cantidad de fracasos que propuestas decisivas. Según el guionista y escritor, Michael B. Duxman, en su libro Make It Again, Sam (una alusión a una frase de Casablanca) existen tres tipos:

a) Directo: basado completamente en una obra anterior; b) Falso: mismo título, pero con un guion distinto; c) Disfrazado: misma historia, pero con locaciones y personajes diferentes.

Un ejemplo de este último rubro estrenó hace algunos días: Suspiria, cinta basada en la obra original de uno de los maestros del terror italiano, Dario Argento. La película contiene la misma esencia de terror sobrenatural y estética onírica; pero una historia con mayor complejidad narrativa (su duración es casi el doble de tiempo).

Sin embargo, no todos los refritos estadounidenses basados en cintas europeas contienen la capacidad de generar su pequeña mitología, como parece ser el caso de Amigos por siempre, la reimaginación de Intouchables, uno de los éxitos fílmicos más taquilleros de Francia; esta nueva versión, con Bryan Cranston y Kevin Hart (un comediante que tiene al mejor agente de Hollywood: su talento es inversamente proporcional a la cantidad de proyectos que protagoniza), también se centra en temas raciales que lograron abrir un tema de conversación social en el país galo.

Y México no es una excepción. Dos de las cinco películas más taquilleras de la historia son versiones nuevas: Nosotros los nobles (update de El gran calavera de Luis Buñuel) y No manches, Frida, adaptación de un filme alemán. De la misma forma, en 2018, otros éxitos monetarios como Hasta que la boda nos separe y Una mujer sin filtros están basadas en trabajos rusos y chilenos, respectivamente. En las próximas semanas, nuestra infancia se podría ver arruinada con una obra tropicalizada de La boda de mi mejor amigo, que llega 20 años después de la cinta original de Julia Roberts y Cameron Díaz.

(No quiero pecar de pesimista, pero sí nadie en Estados Unidos se ha atrevido a relanzar este clásico de las rom-coms noventeras, debe existir una razón. ¿Qué clase de cliché veremos cuando se atrevan a rehacer la escena en la cual cantan a capella I say a little prayer en un restaurante?)

Los remakes, entre Suspiria, Amigos para siempre y La boda de mi mejor amigo, nos están invadiendo. ¿De verdad el cine ha dejado de ser original?

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