Terror en Malasia

Hay de historias de terror a historias de terror. La que está por leer es sobre el desmembramiento de una historia: la tortura de las papilas gustativas

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México
Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

Sobre Penang Avenue, una fila se alarga sobre un callejón de comederos y mesitas dedicados a sorber. La fila llega hasta un carrito mínimo que promete uno de los platos icónicos del norte de Malasia. No sabemos bien qué es; sólo que no probarlo es casi un insulto a la ciudad entera. Nos acercamos, ni con poca hambre ni con mucha: no sabemos si estamos ante un snack, un plato fuerte, un desayuno o qué. No hay aroma que delate nada; sólo una multitud de indios, malayos, chinos y mochileros clamando, en esa nata de 40 grados a la sombra, un tazón de eso que se llama cendol.

Si aquí hubiese sonado un grave instrumento de cuerdas, habríamos intuido que algo no anda bien. Pero la realidad no tiene música de fondo, y acaso esa es nuestra condena: cuando por fin llegamos ante el torbellino que despacha, decimos la palabra mágica: cendol. Y recibimos esto: un plato hondo con arroz, frijoles y ¿ramitas verdes?, flotando en un líquido blanco.

Los frijoles, la opacidad del caldo, nos parecen anunciar algo similar al pozole: una sopa calentísima para soportar la canícula del mediodía tropical. Pero el plato de unicel implica una temperatura tolerable; ¿un pozole frío? Nada sabe de aventuras genuinas quien jamás se ha acercado a la boca una cucharada de algo cuyo sabor desconoce.

Ese es el espanto, sí; pero el horror, por supuesto, no termina allí.
Estamos en Penang: una ciudad extraña que desconoce todo de nosotros. En una calle húmeda como sobaco y caliente como mal aliento. Acorralados por tres idiomas que, en la oscuridad, se hablan entre ellos. Y acabamos de descubrir que no sólo no entendemos el sabor del cendol, sino que acaso hay algo más grave, más triste, que tampoco comprendemos.

Vaya: el cendol es dulce. O mayormente dulce. O está sobre el margen de lo que en México delimitaríamos: dulce. Pero el problema es justo ese: ¿qué es exactamente dulce?

El cendol lleva frijoles. No de los japoneses que hacen alegre pasta violeta. No: frijoles. Bayos. Frijoles que en un contexto más ajúa serían molletes. Pero de cualquier forma, es dulce.

Y ese es el horror: tras probar el cendol, no nos queda claro si comprendemos qué es lo dulce, esa bestiecilla con la que hemos convivido siempre. Entendemos el chocolate, cuyo sabor es un lodo primordial de la niñez, o las conchas, más bien vaporosas, ¿pero cómo es que esas cosas son dulces? Es decir, los europeos toman por dulces ciertos quesos que para nosotros son sándwiches; nosotros, al combinar esos mismos quesos con ate, les damos de inmediato el mismo estatus.

Lo dulce es, quizá, un territorio: una calle conocida, hasta que llega un vecino nuevo a hacer ruido. Hasta que alguno de sus habitantes habla otro idioma (acaso el de los frijoles), al menos hasta que una nueva canícula anuncia otros terrores.

 

Por RUY FEBEN Y CARLOTA RANGEL

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