Tercera llamada

Pensar que un hombre puede desviar el curso de la democracia estadounidense y el orden mundial, suena fuerte

Verónica Ortiz / Ventana política / Heraldo de México
Verónica Ortiz / Ventana política / Heraldo de México

WASHINGTON, DC. Desafortunadamente, los mexicanos hemos padecido malos presidentes, crisis sexenales, oportunidades perdidas. Pero pensar que un hombre puede desviar el curso de la democracia estadounidense y el orden mundial de la posguerra suena verdaderamente fuerte. De ese tamaño es la sacudida que vive Estados Unidos y a la que siguen buscando explicación.

Este libro no existiría si Donald Trump no hubiera sido electo presidente en noviembre de 2016. Así arranca la obra más reciente del prolífico y afamado politólogo Francis Fukuyama, Identidad. El reclamo de dignidad y las políticas de resentimiento (Farrar, Strauss and Giroux).

La frase hace sentido para quien se ha dedicado a analizar la evolución del orden político, el estado de derecho y la rendición de cuentas y de pronosticar la decadencia de las instituciones norteamericanas, capturadas por grupos de poder e incapaces de reformarse. Bajo estas premisas, Trump es a la vez producto y causa de tal decadencia; el no político (outsider) que con el respaldo popular vendrá a sacudir un sistema podrido. Así funciona el nacionalismo populista: líderes carismáticos, que establecen una conexión directa con el pueblo (siempre una minoría), llegan al poder por la vía de los votos, pero desprecian las instituciones y los contrapesos democráticos: tribunales, congresos, prensa independiente y burocracia profesional. La pregunta es por qué estos liderazgos tienen éxito en democracias consolidadas. Para Fukuyama, las democracias liberales han sido más o menos exitosas en proveer prosperidad material, seguridad y derechos básicos. Pero han sido incapaces de garantizar igualdad de reconocimiento a los grupos que se sienten marginados o discriminados. Ésta es la fibra que dispara el nacionalismo étnico o religioso.

El problema es que por cada grupo que reivindica sus derechos hay otro que se siente lastimado. Y la identidad involucra sentimientos y percepciones subjetivas de satisfacción o frustración. En Estados Unidos, las políticas de identidad datan de los movimientos de los derechos civiles y el empoderamiento de las clases medias liderados por la izquierda demócrata, hasta llegar a la elección de Obama. A ello vino una reacción y Trump atinó a despertar la agraviada identidad de la derecha republicana: la sociedad blanca, no educada, rural, desempleada y resentida con la élite progresista. En algún momento de la segunda década del siglo XXI, la política mundial cambió dramáticamente, pero ni el nacionalismo ni la religión desaparecerán de la política mundial. Lo perverso es usarlos para dividir y polarizar. Para Fukuyama es fácil ganar elecciones apelando a la identidad, pero muy difícil gobernar y controlar sociedades confrontadas. Después de Madeleine Albright, Robert Kagan esta es la tercera llamada de alerta sobre los efectos de la política norteamericana aquí y en el mundo. Pero las voces se siguen escuchando fuerte. En palabras del legendario periodista Marvin Kalb, frente a las amenazas contra la democracia todos tenemos una responsabilidad individual de decir o hacer algo, por mínimo que parezca.

 

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@VERONICAORTIZO

 

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