Son los partidos

Es un mito malo, porque consolida la desconfianza de los ciudadanos en su capacidad para organizarse en torno al poder político

Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México
Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México

Corre entre las élites económicas y liderazgos cívicos una suerte de mito, que más que genial es inocente y perverso. Esta ficción no es nueva ni unánime, es casi tan antigua como nuestra aspiración democrática, pero se ha agudizado en épocas recientes, a la luz de dos tendencias preocupantes. La primera se refiere a la inconfundible pulsión de impunidad y autoritarismo que se resguarda en espacios significativos de la coalición gobernante actual. Basta escuchar a muchos de sus voceros, funcionarios y legisladores para preocuparse. Se ensalza la violencia, se denosta el equilibrio de poderes, se debilita a instituciones que funcionan, se compadece a criminales, y se criminaliza a los adversarios. La segunda tendencia se relaciona directamente con la hipercorrupción y frivolidad percibidas de la administración anterior y su entorno. A la insatisfacción ineludible de una población sometida a cambios socioeconómicos profundos, se sumó una etapa breve, pero acendrada de patrimonialismo, clientelismo y partidocracia que redundó en un máximo descrédito de todos los partidos políticos.

Pero estas dos tendencias no hacen realidad el mito de pensar que el cambio político duradero de México puede hacerse al margen de instituciones de representación formal de la ciudadanía, como son los partidos políticos. Este es un mito, insisto, inocente y perverso. Es perverso, porque nos vuelve a la noción de que son las grandes personalidades las que nos van a salvar de los fracasos. Es dañino, porque normaliza la ambición por un filósofo rey, un dictador benevolente que nos alivie de los abusos y nos conduzca con mano firme por senderos amenazantes. Es un mito malo, porque consolida la desconfianza de los ciudadanos en su capacidad para organizarse en torno al poder político y darle la forma que anhelen. Es aberrante, porque nos hace irresponsables de nuestro destino colectivo; nos niega la posibilidad de reclutar, para el servicio público de la representación, a personas de excelencia en su formación y sus convicciones, dedicadas a encontrar las mejores formas de poner al poder al servicio de la gente. El mito perverso de que la ciudadanía puede cambiar la democracia desplazando a los partidos políticos es inocente también, porque abre la puerta a los autoritarismos más nocivos. En nuestra coyuntura, es indispensable acotar este mito. Y desde una posición crítica de los partidos, reconocerles la oportunidad y exigencia de convertirse en verdaderos espacios de expresión autorizada de las demandas de la población. O pregúntese usted si se podría frenar una potencial avalancha autoritaria si no se cuenta con una bancada de mayoría opositora en San Lázaro a partir de 2021.

Son los partidos. Que sean inevitables no impide que se les critique. Buena parte de su fracaso es autoinfligido. Pero pensar que sin ellos los ciudadanos lograremos restablecer nuestra democracia y retomar el rumbo es absurdo. Se necesita revitalizarlos. Con nuevas fuentes de participación, con nuevos liderazgos y nuevas organizaciones también. Incluso con la presión de candidaturas independientes que los reten. Pero no a sus espaldas.

POR ALEJANDRO POIRÉ

*Decano / Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno Tecnológico de Monterrey

@ALEJANDROPOIRE

abr / edp

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