Sólo mis chicharrones truenan

Las renuncias en su gabinete ya no son “por motivos de salud”, ahora expresan libre y públicamente sus razones

Luis Soto / Agenda Confidencial / Heraldo de México
Luis Soto / Agenda Confidencial / Heraldo de México

Tal vez el presidente Andrés Manuel López Obrador NO pueda acabar con la miseria ni acortar la brecha de desigualdad; tampoco erradicar la corrupción ni tener éxito en el combate a la delincuencia, pues todo requiere de planes y estrategias que no tiene el gobierno de la 4T.

Pero está haciendo algunas cositas interesantes, cómo cancelar un par de tradiciones políticas y reinstaurar otras. La primera, que las renuncias en su gabinete ya no sean por motivos de salud. Ahora expresan libre y públicamente sus razones, acusan a quienes les meten el pie, les dan golpes bajos; critican al líder porque se deja malaconsejar por algún colaborador influyente. Y hasta el Presidente participa sacándoles sus trapitos al sol a los renunciados, lo que tiene entretenido al respetable público.

Entre las tradiciones reinstaladas, está semana hizo saber a todos sus colaboradores, a los empresarios, a los analistas políticos, económicos y financieros que la política hacendaria se dirige desde Palacio Nacional en el ala sur, ya NO desde Los Pinos porque ahora es museo. En Hacienda nada más mis chicharrones truenan, fue el mensaje que envió al despedir a Carlos Urzúa.

Por otro lado, acabó con una tradición política que duró casi 80 años, al poner fin a la regla no escrita de que los expresidentes de la República no pueden participar en la vida pública del país, que mantuvo su vigencia —con las excepciones de rigor— mientras estuvo en el poder el PRI, pero dejó de ser un freno para Vicente Fox, quién se encargó de sepultar muchos usos y costumbres del antiguo régimen.

Después de que la banda tricolor quedó cruzada en el pecho de Felipe Calderón, no se sintió ni estaba obligado a respetar una ley del silencio ajena a él. Desde aquel día y hasta la fecha, Fox ha hecho uso y abuso, en forma creciente, de su intocable derecho ciudadano a expresar sus opiniones y algunas sandeces sobre temas políticos. En esas condiciones, Felipe Calderón no tuvo más remedio que coexistir, muy a su pesar, con un lenguaraz antecesor que le hizo la vida de cuadritos al emitir opiniones que nadie le pidió; al hacer críticas al gobierno que nunca fueron bienvenidas; al dar consejos sobre los rumbos a seguir que nadie le pidió, y, en el colmo de la imprudencia política, al predecir con meses de anticipación la derrota de su partido frente al PRI en la elección presidencial del domingo 1 de julio de 2012.

Felipe Calderón, como expresidente, se portó como sedita con Enrique Peña Nieto, tal vez porque pensó, ingenuamente, que podía construir un escenario alterno para su actividad postpresidencial: controlar la estructura dirigente del PAN para convertirse en jefe máximo de la oposición de la derecha y así prolongar al menos algo de su poder. Pero sus propios compañeros panistas terminaron echándolo del PAN.

Hoy Calderón pretende regresar… a la grilla y la tenebra. Sin embargo, NO quiere reconocer que a AMLO le valen gorro sus opiniones, y que lo está utilizando y exhibiendo como un político fracasado.

POR LUIS SOTO

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