Sol de medianoche

El tren que va de San Petersburgo a Moscú es uno de los recorridos más bonitos. Siempre y cuando, uno tenga la actitud para obviar ciertos imprevistos

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México
Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

Mientras planeamos el viaje, la idea nos parece romantiquísima: abordar el tren durante una noche blanca de San Petersburgo; caminar a nuestra cabinita privada, soviética pero elegante; ver el cielo blanco arañando la ventana, dormitar, asomarnos a la rebaba de la tundra que dibuja a Rusia; despertar en Moscú, salir directo a la Plaza Roja, a la hora que sea: será agosto, nos decimos, así que la hora no existe.

Lo bueno de los pronósticos es que, si no se cumplen, se pandean. Lo que iniciaba con una noche blanca de San Petersburgo es una tarde lluviosa en una estación laberíntica por una remodelación. Una de las vendedoras obliga a su compañera, que soviéticamente abandonaba el mostrador apenas dio la hora de salida, a llevarnos al andén correcto. No pasa nada, nos decimos al seguir su paso desesperado, ya viene la noche blanca. Pero la chica nos abandona en medio de la obra gris y empieza a alejarse. Algo en nuestra cara se pone color noche: harta, ondula los ojos y nos sube al tren a empujones. ​

Nos arrea por un pasillo mínimo que huele a cebolla. No pasa nada, nos decimos: es la precariedad necesaria para el folclor. La chica rusa (cuyos ojos son como gatos siempre a punto de saltar) se detiene junto a una cabina que parece continuación de la obra gris de afuera: tres literas se amontonan en dos metros cuadrados; sobre cada una hay un colchón de color largamente olvidado.

Cabin?, preguntamos, Is this our cabin? Ella nos maúlla cosas en ruso, cosas que luego dice firme y que luego grita una y otra vez, atrayendo todas las miradas del tren (que semejan el mejor párrafo de Crimen y castigo), como para convencernos de algo. No sabemos cómo se dice en ruso que elevar el volumen no corrige una traducción inexistente, pero no hace falta: desaparece, fastidiada.​

Nos echamos en los colchones terribles: afuera anochece. No pasa nada, nos decimos en voz alta, no estamos tan al norte y el carro es más soviético de lo esperado. Pero seguro podremos mirar la estepa. De una de las camas de abajo suben tres golpes y un grito: un rubio del tamaño de Rasputín nos mira molesto. No lleva camiseta y frunce los músculos como para amenazar. En todo caso, se ve que el problema no es con nosotros sino con el mundo: ¿por qué otro motivo llevaría en el cinturón un cuchillo como ese? No pasa nada, nos decimos, dormirá y podremos descansar, al menos llegar con la mañana a hacernos de Moscú.

Dormitamos cada tanto, pero despertamos muchas veces para asomarnos a la rebaba de la oscuridad que envuelve los murmullos recelosos, acaso xenofóbicos, de la cama de abajo. No pasa nada, nos repetimos, pero cada tanto, de reojo, asomamos con cautela a buscar los ojos del ruso, que nos mira blancos y pandeados, como horribles soles de una medianoche rusa.

 

Por RUY FEBEN Y CARLOTA RANGEL

¿Te gustó este contenido?




Lo mejor del impreso
OpiniónTal cual

Tal cual