¿Sobrevivirá la democracia?

Cuando los líderes perciben que sus fuerzas son limitadas por criterios universalmente aceptados, reaccionan en contra de la globalización

Ricardo Pascoe / Mirando al otro lado / El Heraldo de México
Ricardo Pascoe / Mirando al otro lado / El Heraldo de México

El asalto al modelo democrático liberal está en su apogeo. Los cuestionamientos toman fuerza ante los yerros y problemas del sistema. Las nacionalidades y sus prácticas tradicionales perciben que la globalización merma sus valores, mientras el modelo económico construido post Segunda Guerra Mundial no parece haber cumplido con la promesa de prosperidad y bienestar para todos.

La globalización es un proceso que tiende a promover la tolerancia e inclusión en sus procesos y reglas a razas, nacionalidades, fenotipos, religiones, gustos, preferencias sexuales. La creación de una jurisdicción legal global que define reglas de aplicación universal para todas las naciones y todos los pueblos, en términos del ejercicio de derechos económicos, sociales y humanos, encuentra fuertes resistencias. La naturaleza de la globalización es, por necesidad, incluyente. El nacionalismo es, por definición, excluyente.

En una frase, la globalización promueve que se borren las líneas divisorias tradicionales entre los países. Y todo esto enfrenta fuertes resistencias y francos rechazos por parte de líderes notables por sus preferencias nacionales, regionales, de raza o religión, primordialmente.

La contradicción entre globalización y el espíritu nacional es, probablemente, la tensión más grande en el mundo en este momento.

Un caso notable es la confrontación comercial entre Estados Unidos y China. Como todo conflicto, este tiende a obligar al resto del mundo a tomar partido con uno de los lados. En Asia el reclamo es que abandonen su conflicto para promover la plena incorporación de China a la comunidad global y, así, el mundo no tendría que escoger entre uno y otro. Serán las instituciones globales las que se encarguen de dirimir la relación entre ambos países.

En este conflicto el rostro del nacionalismo se asoma con fuerza. Cuando los líderes perciben que sus fuerzas o acciones son limitadas por regulaciones y criterios universalmente aceptados entonces reaccionan en contra de esas influencias de la globalización.

En el terreno institucional, la globalización en su acepción de democracia liberal promueve la independencia y autonomía de los tres poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo, Judicial), la existencia de órganos internos autónomos de control y supervisión, elecciones libres, la sociedad civil organizada, la libertad de prensa, el respeto pleno a los derechos humanos y a la propiedad privada.

En lo económico la globalización establece reglas y regulaciones de aplicación universal, empezando por el respeto a la plena independencia de los bancos centrales. Fija reglas generales sobre el secreto bancario, políticas fiscales y presupuestales, criterios generales sobre planes de financiamiento de programas del Estado, respeto y promoción al sector privado y sus actividades, limitaciones a la interferencia del Estado en la economía y normas de intercambio comerciales entre naciones.

En normas y valores políticos, la globalización instruye sobre derechos humanos, el respeto a la diversidad sexual, el fomento a una cultura de respeto a mujeres y la niñez, a la conservación de tradiciones de pueblos originarios y sus lenguas, al mismo tiempo que fomenta su inclusión mayor en la cultura económica contemporánea.

Todos estos elementos chocan, de una u otra manera, con las aspiraciones de predominio de líderes que cuestionan la promoción de esos valores democrático-liberales de la globalización. Y organizan franjas importantes de sus sociedades que tienen una gran aversión a los extranjeros y a los extranjeros per se. El nacionalismo económico, religioso, de clase, de espíritu o de raza es un argumento emocionalmente muy fuerte en contra de la globalización.

En Europa y Estados Unidos el argumento contra la migración de extranjeros motiva un voto contra la Unión Europea y contra México, al igual que temas como la homosexualidad o las religiones no-comunes. En América Latina, existe un fuerte nacionalismo económico, enraizado en un catolicismo excluyente. El control sobre materias primas es considerado lo mismo que administrar el Destino Manifiesto de una nación. Se combina con una supuesta, aunque nunca revelada, opción económica para salir de la pobreza por siempre.

El actual gobierno de México es un ejemplo de laboratorio del pensamiento afincado en el pasado remoto nacional. Existe una fantasía, en vías de colectivización, de que una refinería va a sacar al país de la pobreza y entregar la nación a las justas manos de nuestros antepasados. Para lograrlo, y por vía de una lógica sin gran explicación, ese proceso pasa por eliminar la autonomía de los órganos del Estado, sujetar el Banco central al control del Ejecutivo, no rendir cuentas sobre los gastos del Estado en contrataciones ni adjudicaciones, reducir la calidad de la educación pública y profundizar una división social que será administrada por operadores políticos del Estado.

En México, la democracia liberal está a prueba por su sobrevivencia.

Por RICARDO PASCOE

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