Sobre Elena y Gerardo Vázquez Lugo

La organización que premia a los mejores 50 restaurantes de América Latina los galardona por ser grandes, grandísimos

Valentina Ortiz Monasterio
Valentina Ortiz Monasterio / Nube viajera

Ha habido dos momentos que han cambiado mi óptica y relación con ellos: un pastel y una carcajada. A mí nunca me han gustado los pasteles. Tengo esta imagen de la emoción que causaban mis pasteles de cumpleaños cuando era niña -particularmente uno de Caperucita Roja-, pero yo nunca me los comí.

Un par de meses jugué a hornear pasteles y temporalmente me dediqué a esperar a mi marido en plan de niña buena a que llegara a casa y hasta un curso de método Wilton para decoración de pasteles tomé. Lo que hace uno.

Pero hablemos de ellos. De todos los pasteles del mundo, el más bonito -hablando desde un punto de vista de la estética del alma-, es el que ella me horneó en mi cumpleaños. Fueron varios, de hecho, su receta de un panqué glorioso en donde aprecié su cocina, mano y prioritariamente gesto y corazón.

Pasando a la carcajada, me encanta reírme, considero que vinimos de eso, a gozar y a pecar, y disfruto enormemente desarrollar con gran pericia ambas actividades. Aprecio el humor ácido, negro, siempre amable, pero inteligente, y siento que mi prueba de vínculo real con una persona es una carcajada que sucede al mismo tiempo. Así lo viví con él. Hace muchos años, después de un rato de gozar de su mesa, platillos que seducen no sólo por su técnica, tradición y sabor, sino por la humanidad que tienen impregnada, me invitó a su casa. Me presumió, y siempre supo que lo estaba logrando, su colección de maíces criollos, algunas piezas que heredó de tremendo cocinero y hasta una mayólica guanajuatense que me removió el alma.

Hablamos de todo, pasaron las horas y en un momento nos encontramos los dos riéndonos a carcajadas de una anécdota que a nadie le había parecido graciosa. Estas dos historias de pastelería y risas son las que me parecen más significativas del cariño y admiración que todos en casa -porque es gremial la cosa-, tenemos por Elena Lugo y Gerardo Vázquez Lugo.

Escuchar a doña Elenita hablar de la fuente de sodas que hace 61 años -sí, seis décadas-, abrió con su marido, del que cuenta estaba profundamente enamorada, es conmovedor. Y si lo haces al mismo tiempo que das cucharadas a una sopa de quintoniles y también a una de fideos con menudencias -siempre pido dos-, al tiempo que Yolanda prepara aquel guacamole histórico, pues se enchina el cuerpo. Así es Nicos, en aquella esquina que seduce diariamente con natas en el desayuno y con moles y unos chiles en nogada inolvidables durante largas comidas, a decenas de comensales.

Que lo sepa el mundo. De Gerardo soy admiradora, amiga, comadre y hasta pariente. Hombre inteligente, echado pa’ delante, que disfruta enormemente de quien es y -nuevamente y como yo-, se ríe. Conversaciones de sopa de natas, pescados locales, estética del ser humano, arquitectura y hasta de perlas, de todo hablo con él y se oyen las risas. Su trabajo incansable por el rescate de los ingredientes, la difusión de la cocina tradicional y la belleza de su curiosidad y ganas de más. Gerardo, como Elena le enseñó, nunca está conforme.

Esta semana, la organización que premia a los 50 mejores restaurantes de América Latina los galardonó con el premio que reconoce la trayectoria de una vida. A ambos. Por ser grandes, grandísimos cocineros y promotores de nuestra cocina, y porque es evidente que tanta gente los queremos casi o más que a su sopa de natas. Porque Elena y Gerardo son generosos con el cariño y el sazón. Porque Elena y Gerardo son madre e hijo, pero también binomio y binario.

 

Por Valentina Ortiz Monasterio

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