Sistema de partidos políticos

Durante décadas, el México posrevolucionario vivió un régimen de partido hegemónico

José Encarnación Alfaro Cázares / Articulista invitado / El Heraldo de México
José Encarnación Alfaro Cázares / Articulista invitado / El Heraldo de México

El régimen democrático en México, basado en un sistema de partidos políticos, enfrenta en nuestros días uno de los mayores retos en el desarrollo de nuestra vida institucional como nación: el desafío de perfeccionar nuestra democracia electoral como punto de partida para avanzar en el terreno de la democracia social y la democracia económica, o de estancarnos en un neoautoritarismo basado en la hegemonía de un partido político lo que Giovanni Sartori denomina Tiranía de la Mayoría (G. Sartori. ¿Qué es la democracia? 2008).

Durante décadas, el México posrevolucionario vivió un régimen de partido hegemónico (PNR-PRM-PRI) en un sistema incipiente de partidos políticos en donde por años los partidos opositores al PRI (PAN, PPS y PARM) tuvieron una presencia prácticamente testimonial, con muy poca oportunidad en el terreno electoral.

En este contexto, las crisis sociales que se presentaron en el país en los años 60 y 70 (movimiento estudiantil, emergencia sindical, guerrilla, movimientos sociales extremistas) obligaron al régimen a dar cauce institucional a la creciente demanda de apertura democrática, la cual se resuelve en los años 1977-1979 cuando se concreta la reforma política electoral con la que se inicia la transición democrática en la República Mexicana.

Con la reforma política de finales de la década de los 70, se institucionaliza a los partidos políticos y se les otorga el rango constitucional de entidades de interés público, se establece el financiamiento a los partidos por parte del Estado y se promueve y facilita la constitución de nuevas fuerzas partidarias; y en este escenario hemos visto aparecer, competir y transformarse o desaparecer a diversas formaciones políticas (PCM, PST, PDM, PSD, PRT, PMT, PFCRN, PMS, PRD, Convergencia, Nueva Alianza, MC, PVEM, PES y Morena) en un contexto de pluralidad política y gran dispersión, y volatilidad del voto, que generó gobiernos divididos y un serio estancamiento en materia de resultados.

Para la mayoría de los analistas políticos, el proceso electoral de 2018 debería haber resultado en un escenario propicio para impulsar un gobierno de coalición como paso necesario para un cambio de régimen que perfeccionara el sistema de partidos políticos, pero el peso de los votos nos arrojó un resultado sorpresivo: el restablecimiento de la figura del partido hegemónico y del caudillo autoritario.

A 40 años de haberse iniciado el proceso de transformación institucional, el sistema de partidos políticos preserva solamente a dos de las fuerzas existentes entonces: PAN y PRI.

En este contexto, estos dos institutos políticos enfrentan la disyuntiva de refundarse o diluirse.

Por su parte, Morena afronta la imperiosa necesidad de transformarse en un auténtico partido político si no quiere convertirse en los pies de barro del coloso que el presidente Andrés Manuel López Obrador quiere construir con su idea de la 4T.

No hay que olvidar que, en el terreno electoral, mayoría significa generalmente sumas efímeras que se forman y se disuelven como sujetos operativos en cada elección.

 

Por JOSÉ ENCARNACIÓN ALFARO

@JOSEEALFARO

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