Silencio, por favor

Ayer, los puños se alzaron como hace un mes después de la tragedia del sismo. Sólo que esta vez, llevaban otra misión


Es el silencio de nueva cuenta. El silencio al que llaman los puños en alto. Un silencio que, desgraciadamente, ésta vez no aguarda el milagro de un signo de vida: un grito, un gemido, un susurro…

Ayer –como hace un mes y durante diez días consecutivos- los puños volvieron a levantarse ante edificios rotos, sobre escombros, bajo carpas, en calles rodeadas de cintas amarillas y rojas, frente a imágenes religiosas, retratos y flores.

Eran los guardianes de la tragedia. Los que hoy miran las heridas de sus casas desde carpas, bajo lonas, sobre los escombros mismos de sus casas o a unos metros de edificios en ruinas.

Su silencio sabía a honra y tristeza. Puños en alto, tristes y aguerridos, que recordaron las horas que siguieron al sismo del 19 de septiembre –el último, y el de 1985- que movieron, y conmovieron, a cientos, miles de personas en labores de rescate.

Silencio de tres minutos que, ayer, tuvo su propio significado en la Ciudad de México: El primero, para recordar a los que murieron; el segundo, para reconocer el trabajo de los voluntarios; el tercero, para no olvidar.

Puños en alto, rostros en lágrimas de padres, hermanos, hijos, amigos, de víctimas de la tragedia que trajo el sismo de 7.1 grados, aquel medio día que lucía soleado y tranquilo, y hasta se había permitido –horas atrás- llevar a cabo un simulacro de sismo en memoria del terremoto ocurrido 32 años atrás.

Pero la tierra comenzó a temblar sin aviso alguno. Las alarmas sísmicas apenas si alcanzaron a lanzar su dramática advertencia cuando ya brincoteaba el piso y los edificios se tambaleaban.

Siguió y siguió el jaloneo. Cada vez más fuerte. Paredes y columnas comenzaron a ceder, cristales a estallar, varillas a doblarse, bardas a derrumbarse, edificaciones a caer…

Un polvo amarillento se alzó y quedó suspendido bajo el cielo azul pálido.

Miedo, llanto, rezos, rostros atónitos. La dimensión de la tragedia apenas se percibía bajo aquella nata de polvo maligno y silencioso.

Pero el pasmo ante la desgracia no duraría mucho. En minutos, comenzarían a formarse cadenas humanas para quitar piedras, llevar agua y tratar de salvar vidas bajo los escombros; y aparecerían grúas para bajar gente que quedó atrapada en pisos altos.

Marina, Ejército, Policía Federal, bomberos, sociedad civil unirían esfuerzos. Todos, todos entenderían el signo más importante de aquellas horas: El puño en alto.

Silencio, silencio por favor…

Y escuchar entonces tan sólo el latir de nuestros corazones, deseando, implorando, que alguien siguiera aún con vida.

Ayer, esos puños volvieron a alzarse. Sí, pero no sólo para honrar a los muertos y recordar la tragedia. Fueron también símbolo de combate, porque las heridas del sismo –en la ciudad y sus dolientes- están abiertas. Sangran y duelen, tanto, o más, que el primer día.

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