Ser El Rey

“…hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la Ley…”, dijo José A. Jiménez

Gustavo Meouchi / De leyenda / El Heraldo de México
Gustavo Meouchi / De leyenda / El Heraldo de México

El martes 28 de mayo se realizó un funeral de Estado en la catedral de San Esteban de Viena, Austria. Alrededor de 300 invitados de todo el mundo presenciaron la misa al mediodía. Fuera de la iglesia, bajo la lluvia, hicieron fila durante el día más de tres mil personas, esperando su oportunidad para homenajear, por última vez en presencia, a Niki Lauda.

Antes, el 20 de mayo, la noticia de su muerte había generado toda clase de lamentos y reconocimientos. Los noticieros, portales de internet y redes sociales se inundaron de fotografías del héroe portando un mono rojo y la perenne gorra, extensión de él mismo desde aquel otoño de 1976.

Los que pudimos vivir aquellos sucesos recordamos la emoción, el asombro, la admiración. Otros, muchos, tuvieron noticia por primera vez de uno de los íconos más importantes del siglo pasado. Un hombre que logró plegar el mundo a su voluntad con disciplina, decisión y determinación.

Viendo de nuevo Rush, escudado en el cliché, la revelación de quién era Niki Lauda me cimbró. Un hombre que por sobre todas las cosas vivió a su manera. Contra la voluntad familiar eligió el automovilismo como profesión. No permitió que su aspecto o actitud, tan lejos del glamuroso estereotipo del corredor playboy, le impidieran elegir dónde y cómo correr. Hosco, arrogante, poco comunicativo, y en ocasiones grosero, parecía que se limitaría a acumular triunfos en las pistas, recibir el desagrado de sus compañeros y eventualmente del público.

El 1 de agosto de 1976 por única vez se apartó de su camino y permitió que alguien más decidiera por él. Su mínimo momento de duda casi le cuesta la vida. Sobre el mojado asfalto de Nürburgring, Alemania, Niki prácticamente murió y el milagro ocurrió. La promesa de la antigua laguna Estigia operó inversamente; de pronto no era posible ver más a ese metódico y frío campeón pagado de sí mismo, cuyo contraste con James Hunt exacerbaba los ánimos no siempre en positivo de compañeros y admiradores.

Ese recuerdo se desvaneció y quedó, primero, la imagen de un hombre calcinándose dentro de un auto incendiado y, sólo seis semanas después, aquella que perduraría en nuestras pupilas y en la memoria colectiva: un héroe que regresó de la muerte con las marcas de la batalla librada y con la convicción de vencerlo todo.

Se enfrentó a las probabilidades en contra; su salud no completamente restablecida, la incredulidad de propios y extraños, las pistas, sus competidores, pero sobre todo la duda: Lauda no volvería a correr en los términos de alguien más. Para algunos perdió ese año en Japón, cuando abandonó la carrera en la segunda vuelta, reconociendo el peligro que las condiciones de la pista implican, pero para Niki era un triunfo. Había vencido la tentación de apartarse de su método, de su voluntad.

Quedó segundo y al año siguiente volvió a ser campeón, incluso nos regaló verlo coronarse una tercera ocasión en 1984. Vivió hasta los 70, murió inspirando amor, respeto, admiración y con los honores dignos del rey que fue.

Por GUSTAVO MEOUCHI

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