Santa Claus se robó la Navidad

El auto de mi hermana se fue lleno de anuncios, regalos gigantes y Santas con un subtexto: “compra, necesitas comprar más”.

Santa Claus se robó la Navidad

La familia Téllez se perdía en el verdor de los árboles que rodean la ciudad en busca de sólo pasar el 24 de forma la más sencilla. De encontrarnos, de mirarnos a los ojos y volvernos a hablar. Se nos olvida cómo estar acompañados, y el verdadero sentido de todo, y no hablo de forma cursi de las fiestas navideñas, si no de la vida en general que es el de compartir.

Llegamos a una cabaña donde no había nada, nada de lo que sobra en las ciudades y todo lo que tanto nos falta, nos falta verde, nos falta aire, espacio y tiempo para sólo estar. 

Escuchaba hablar a un hombre sobre el espíritu navideño y cómo inculcarlo en los niños, hablaba de dar y yo pensaba lo incongruente que es pedirles que sean generosos en una sociedad que no lo es, pedirles que celebren el nacimiento de quien hubiera sido uno de los seres más pobres y vulnerables en el planeta como lo sería el niño Jesús en un mundo capitalista. Increíble que no tengamos la claridad para aceptar que la Navidad se ha vuelto una celebración al individualismo, desde lo económico hasta lo social y familiar, veo perfecto y muy comprensible que un mundo así tome unos días para celebrarlo, lo que nunca entenderé es el doblez que pretende aunque sea de forma sutil hacer de estos días conscientes y dadivosos, porque divertidos y vistosos sí son, pero ¿conscientes? De eso sí nada les encuentro.

Desde que soy niña no logro encontrar la conexión entre el niño Jesús, naciendo entre harapos en un pesebre y Santa volando en su trineo con su ropa de terciopelo rojo que bien pudiera haber comprado en una de esas tiendas de diseñadores en Milán. La verdad es que tal vez no la hay, o tal vez es una muestra de lo que pasa a diario en nuestro mundo, cómo la manera en que una figura carismática y pudiente se puede apoderar de un momento significativo que llevaba a la reflexión, pero como la reflexión no vende ni se adorna de doradas campanas ni nochebuenas casi siempre preferimos voltear a la fiesta y repito, eso no está nada mal sólo intentemos dejar al jolgorio bien puesto en su lugar y busquemos otra fecha y otra causa para la cual recordar que es mejor dar que recibir.

Cuando escribo esto tengo días de haber llegado a la cabaña que me esperaba con nada y con todo, donde no hubo pino ni regalos, pero sí la capacidad de dar espacio a la vorágine citadina y decidir con qué quiero conectar. Aquí sólo respiro, me alejo, me da la sensación de querer conectar más con el nacimiento de un niño, cualquiera que éste sea, no necesita ser el hijo de Dios. Aquí puedo en verdad desearles una feliz Navidad pues recordé que por lo menos para mí se tratará más que de un día, de un nacimiento, de la fe y la esperanza que éste conlleva, de la oportunidad sólo de festejar hasta hartarnos para después recordar que aún puedo sembrar esa semilla de lo nuevo y hacerla crecer desde ahora para, si tengo suerte y buena memoria, poder verla florecer en la siguiente Navidad.

 

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