La crème de la crème de los castillos franceses

Cuando escuchamos la palabra “Chantilly”, no pensamos en un castillo francés, sino en un bote metálico que se deja inclinar directamente sobre la boca


Durante nuestra estancia en París planeábamos, como cualquier turista decente, visitar Versalles. Sin embargo, no bien habíamos pisado Champs-Élysées, nuestro amigo Jesús, que lleva varios años viviendo allá, nos convenció de olvidarnos de la visita obligada y mejor ir al Chateau de Chantilly.

Nos prometió la gloria de Versalles, la fastuosidad y los excesos rococó, pero sin marabuntas. Nos acabó de convencer lo que dijo al final: de pilón, sales del castillo y te echas un plato de fresas con crema Chantilly casera.

Igual que tú, querido lector, cuando escuchamos la palabra Chantilly, no pensamos en un castillo francés, sino en un bote metálico que, en cualquier tarde de gula, se deja inclinar directamente sobre la boca, expulsando a presión dulce y esponjosa crema hasta que el empalague pueda más que el antojo.

El chateau es un manjar visual, desde los imponentes establos, hasta las obras de arte que se amontonan en las paredes sin espacio ni respeto por su grandeza: pinturas de Botticelli, Tiziano y Rafael una sobre otra, luchando por dominar una pared; enfrente, un atiborre de obras maestras de Poussin, Watteau y Carracci.

Sin embargo, no todo es crema sobre fresas: detrás del castillo (y el fabuloso postre que lleva su nombre), yace una historia manchada de sangre, orgullo y angustia.
Se dice que el inventor de la famosa crema fue Francois Vatel, un hombre, digamos, ansioso, mayordomo del conde de Bourbon, señor de Chantilly. Los rumores dicen que inventó el postre durante un ataque de desesperación, usando lo que tenía al alcance para deleitar a su señor.

La verdad es que esta historia, que es un poco ridícula, podría ser el prólogo de la historia, fabulosa y trágica, de la muerte de Vatel: desesperado por congraciarse con el rey Luis XIV, el conde de Bourbon ordenó a Vatel organizar, en sólo 15 días, una fastuosa fiesta para 3 mil personas, además del mismo rey de Francia, por supuesto. El honor de la casa de Condé yacía por completo en los hombros de Vatel pero, como era de esperarse, la organización de tan titánica celebración estuvo colmada de imperfectos, entre los que destaca el retraso en la entrega de un cargamento de pescado.

Convencido de que el encargo no llegaría a tiempo, Vatel prefirió atravesarse con una espada antes de enfrentar la humillación de un banquete imperfecto. Se dice que su cadáver fue hallado momentos después de su suicidio por un muchacho que venía a informarle que el pescado había llegado.

Conocemos esta historia de boca de Jesús mientras caminamos por los jardines del castillo (cuya belleza bien vale un suicidio), en compañía de los patos y los cisnes (habría que decir: y sus cremosas plumas), hasta llegar a una pequeña cabaña, donde sirven las que deben ser las mejores fresas con crema del mundo: no las tienen ni en Versalles.

Columna anterior: La Meca del turismo

Sobre los autores

Carlota Rangel y Ruy Feben son otra clichetera pareja que está dando la vuelta al mundo. Sólo que ellos son mexicanos, escritores, y recorren los diferentes destinos del planeta para visitar tanto los sitios más estereotípicos como los secretos mejor guardados. Desde allá envían sus hallazgos en esta columna y publican postales fortuitas en su blog, senaleshumo.com.

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