Rosado color naranja

Hace poco me encontré en medio de un pleito por botellas de rosado en San Sebastián

Valentina Ortiz Monasterio
Valentina Ortiz Monasterio / Nube viajera

Nunca he estado en Rioja, tache. Ya sé, pero pienso hacerlo en breve y aunque no me declaro fan de los vinos españoles, debo reconocer que me falta mucho por aprender. Hace poco me encontré en medio de un pleito por botellas de rosado en San Sebastián. La etiqueta, el arrebato por las poquitas botellas existentes, el color de ese vino y lo raro del mismo detonaron en mí, evidentemente, curiosidad de probar más añadas y conocer todo de esta joyita.

Raro llama a rara. Información hay poca aún con los 142 años de esta bodega López de Heredia Viña Tondonia. Su fundador en 1900 quería emular a los grandes vinos del mundo y se puso como meta producir el rioja supremo. Imagino aquellos tiempos donde los franceses bajaban a comprar fruta o vino español, pues a los viñedos galos los invadía una enorme plaga, y, López de Heredia decidió, como muchos, dejar de vender lo producido a sus vecinos del norte y crear su propia bodega. En palabras textuales, vender vino a aquellos que tuvieran coche, llevaran corbata, hablaran inglés y tuvieran relación con la Casa Real. Hicimos click a la primera. En 1914, don Rafael López de Heredia y Landeta plantó la Viña Tondonia, dando origen al producto más conocido de la bodega. Cuentan que el paisaje es espectacular a la orilla del río Ebro, en la zona alta de La Rioja.

Así, como sé que esta casa no chista en envejecer el vino blanco tanto tiempo como el tinto (años y años), y luego dejarlo más años en botella antes de su venta, ahora sé que el rosado de Viña Tondonia se produce de Garnacha, Tempranillo y Viura, que pasa cuatro años en barrica y que se clarificaron claras de huevos frescos.

De las 13 mil botellas que produce la bodega, los rosados son los menos. No todos los años se tienen, y para acceder a ellos, como sucede con muchas de las grandes casas de vinos, hay que haberle hecho cortejo al tinto y al blanco y así, como en las tandas de oficina, eventualmente poder tener la suerte de comprar un rosado. Ya entiendo el pleito por las únicas ocho botellas esos días en el País Vasco.

Es un rosado muy especial, lleno de puntos Parker, de buenas reseñas, pero pocas anécdotas. Por ahí leí una de tragedia y arrepentimiento de Juan Mari Arzak por haber vendido las que tenía, y otra de un monarca árabe que pagaba en camellos y monedas de oro a cualquiera que le llevara botellas de este riojano rosado. Adoro algunas de sus notas de cata que describen pétalos de rosa secos en el vino, pero creo que lo que más me gusta es su color y su rareza.

Confieso, tengo en mi poder una botella de Viña Tondonia rosado que no me corresponde, pues es un regalo de cocinero a cocinero, aún no entregado. Ya ando en ello. Mientras tanto, continúo en la búsqueda de historias profundas de esta etiqueta, de esas de amor, de necedad, de arranques de celos o de viñas para, entonces, firmar con un nuevo pacto, poseer, beber y compartir mucho de este vino color cognac, y ser protagonista de sus historias.

 

Por VALENTINA ORTIZ MONASTERIO

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