Renacimiento

Pero el debate es más revelador como una muestra, crucial aunque sea pequeña, de cómo aproximamos los mexicanos nuestra vida pública.

Renacimiento

Nuestro país, al igual que una parte importante del mundo, se está debatiendo entre la luz y la oscuridad. No me refiero solamente a las elecciones del 1 de julio. Es más, mucho más lo que está en juego. Es una forma de concebirnos como sociedad, y son los valores que habrán de inspirar nuestra convivencia y nuestro porvernir.

 

El debate de este domingo es interesante desde luego por las implicaciones que pudiera tener para la elección. Si bien la mayor parte de quienes lo veremos somos personas con alto interés y por ello con baja probabilidad de cambiar nuestra decisión, también es claro que pueden, en esa ventana igualadora que suele ser la interacción en vivo, generarse datos que trasciendan el domingo y modifiquen la dinámica de la competencia.

 

Pero el debate es más revelador como una muestra, crucial aunque sea pequeña, de cómo aproximamos los mexicanos nuestra vida pública. No soy de quienes creen, por cierto, que toda la razón y lo virtuoso está de un solo lado y todos los riesgos del otro. Más bien, creo que casi todo lo que veremos el domingo a partir de las 8 de la noche es un anuncio, precisamente, de la regresión que nos acecha. De un acercamiento a la política que se debate entre la victimización y el catastrofismo, de distintas modalidades de populismo y paternalismo, de pocas expresiones de respeto por la libertad.

 

Para ello, en todos los casos, se ofrecerán soluciones que estarán lejanas de la responsabilidad compartida y el enfoque en las capacidades y oportunidades de las personas. Será una mezcla de ofertas personalísimas solo yo, solo nosotros podemos… que casi nunca tendrán al ciudadano como protagonista principal.

 

Y del otro lado de la pantalla, lo estaremos viendo con una mezcla perfecta de cinismo y desprecio por la política, quizá angustiados por lo que viene, quizá exacerbados por quienes se oponen a nuestra preferencia, y seguramente convencidos de la mediocridad de nuestra política. Pero no reflexionaremos que esta actitud nuestra se da, entre otras cosas, porque nos parece más razonable excluirnos de nuestra responsabilidad por lo público y verlo como algo ajeno; porque nos mata el miedo de sabernos, moral y culturalmente, parte central del problema.

 

Y creo que ahí es donde está, a la vez, la razón del riesgo y la esperanza para evitarlo. Ante el ocaso posible de los autoritarismos de izquierda y derecha, ante los populismos y estatismos iliberales que se encumbran en buena parte del mundo, hay, asimismo, una oportunidad enorme.

 

Al darnos cuenta que la mediocridad de nuestra política no es más que la mediocridad de nuestras élites, hemos identificado la palanca de la transformación. Y quizá seamos capaces de impedir ese largo, peligroso ocaso de la libertad, la democracia y la razón que se cierne sobre nuestro país.

 

No merecemos vivir una edad media para construir un renacimiento. Es cuestión de asumir nuestra responsabilidad, de no bajar la guardia, de confiar en la capacidad del conocimiento, la compasión, y de cada una de las personas, para un florecimiento en comunidad. Y de buscar, en la política, a quienes nos ayuden a reconstruirla.

 

Alejandro Poiré

Decano

Ciencias Sociales y Gobierno

Tecnológico de Monterrey

21 de abril, 2018

@AlejandroPoire

 

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