Relatos de un príncipe árabe (final)

Después de hacerlo todo aparentando pasar por un sultán que compraba un CD de flamenco, con ayuda de su intérprete, mi padre desmanteló todo el teatrito

Atala Sarmiento / Heraldo de México
Atala Sarmiento / Heraldo de México

Habíamos pasado 20 minutos fluyendo de maravilla como un príncipe árabe y su intérprete. Nunca sabré por qué de pronto se quitó las gafas ante Luis, el gerente de la tienda quien, de golpe, no supo ni qué decir; sólo pensaba en dónde esconderme, acompañada de mi vergüenza, pero opté por alejarme de la escena en lo que escuchaba a Luis decirle a mi papá extrañadísimo: ¡Ah! Rafael, qué cosa, no te reconocí vestido así.

 Mi papá se rió con él y le explicó lo de su reciente infarto y que era la primera vez que salía de casa. 

Tras su intercambio de ideas musicales, mi papá volvió a llamarme para que fuera con Luis a pagar todos los discos que yo seguía cargando furiosa. Luis iba marcando uno por uno y de cuando en cuando subía la mirada para cruzarse con la mía analizando mi reacción ante el espectáculo presenciado. Hasta que por fin perdió el decoro y lanzó el dardo. -¡Qué gracioso tu papá con esa ropa! 

Yo, que sólo pensaba en huir le respondí con molestia: – Sí, ya ves que está medio loco- mientras él seguía pasando discos. Cuando terminó la cuenta nos reunimos con mi papá en la puerta. 

Allí se despidió cariñosamente de Luis y salimos. René, su chofer, siguió jugando su papel y nos abrió la puerta. 

Una vez que arrancamos rumbo a casa, mi papá me miró y con una gran sonrisa me dijo: ¿Qué tal nena, te has divertido? Yo no pude más que empezar a vomitar reproches, reclamos y quejas, entonces su reacción me dejó aún más helada. 

El sultán comenzó a reírse a carcajadas y mientras más me quejaba yo, más fuerte se reía. Cuando había desfogado mi frustración porque nos echó a perder el montaje y guardé silencio mirando hacia la ventana, puso su pesado brazo sobre mis hombros y cariñosamente me dijo: Pero nena, ¡por favor! 

Si fue divertidísimo lo que hicimos hombre, ríete también un poco conmigo ¡anda!. Pero yo no pude reírme porque me ganaba el enojo. 

Durante mucho tiempo él recordaba la historia y disfrutaba contarla a sus amigos. 

Cada vez que lo hacía se volvía a partir de risa como si estuviera viviéndolo otra vez. 

Me costó años entender que él exprimía la vida y se reía jugando con ella. Hoy aquí, por él, quiero que esta historia no concluya igual. 

Y el nuevo final es que el sultán y su hija se subieron al coche y él le preguntó: ¿Qué tal nena, te has divertido? 

Sí papá, gracias por regalarme una experiencia que nunca olvidaré y posando el Sultán su pesado brazo sobre los hombros de su princesa se fueron a casa hasta que les dolió el estómago de tanto reír juntos…

POR ATALA SARMIENTO

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@ATASARMI

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