Raigambre

Ser atlantista puede parecer una maldición, de la cual muchos deben sentirse orgullosos, aunque su identidad esté extraviada en el caribe

Netlog

Soy atlantista de vientre. Herencia paterna maldita. Y al final (o al principio, lo mismo da), mi madre parió a un paria.

Y este corazón podrido de latir -diría Sabina-, abatido y triste, rezuma tolerancia ante lo absurdo, pero nunca se torció ni desvió el rumbo. Entendió que nuestro paraíso no es el de Milton. Es el del Calaca, Bonavena, Gisleno, Rivas Barrales, El Wama, y quien probablemente haya sido el mejor jugador que parió madre en nuestra tierra: Lalo Moses.

Poco entiendo lo que de unos años a la fecha quiere explicarme la Real Academia Española. Me da a entender el significado de palabras que en mi niñez eran otra cosa. Como raigambre, esa palabreja de diccionario, culta para algunos, de barrio para todos. En mis propios términos, raigambre tiene que ver con lo añejo, lo entrañable y querido, lo que despierta una especie de devoción. Y eso es el Atlante. Al menos lo ha sido durante toda mi vida.

Siendo un hombre letrado, mi padre jamás mencionó esa palabra. Además, se cuajó pronto y quedé al garete. Digamos que quedé en manos de Beto, un tipo tan aferrado a su chamba que dedicaba poco tiempo a su hermano menor. Como debía ser. ¡Carajo! El hombre se entretenía viendo cómo llevar el pan a casa. Pasó el tiempo. El equipo fue manoseado de más, sufrió las más abyectas mudanzas y terminó en el Caribe.

Mi infancia, pues, se esfumó. Ahora que los recuerdos de agolpan en mi mente, rememoro aquellas tardes recubiertas de esperanza en las que El Cabo se despachaba con dos y hasta tres goles. Cuando Moses volaba por la banda derecha y cuando la interminable cancha del Azteca se perdía en un horizonte veleidoso. Porque entrábamos por uno de los túneles que conducían al primer piso y nos perdíamos en una urdimbre de sensaciones. El mundo era nuevo cada domingo. Hubo épocas de bonanza y vacas muy flacas. Épocas de títulos gloriosos, como el conquistado al pie del Cerro de la Silla en la 92-93. Ahí estaban Félix, Wilson, El Piojo, El Profe, El Potro, Isidoro, El Demonio, Cantú, Massacessi, Luis Miguel y El Travieso.

¿Y después? Los sinsabores y la sinrazón. De acá para allá. Del Azulgrana al Azteca. Luego a Neza. De nuevo al Azul. Otra vez al Azteca y, la puntilla, el giro hacia el sureste, donde no existe raigambre. Cancún nunca ha sido la casa del Potro. El Atlante es de barrio. No es para turistas. Es tan grande que merece ser eterno, humilde siempre.

Señor Burillo: Haga lo correcto y regrese al pueblo lo que es del pueblo. Santifíquese (yo ya lo perdoné). Estoy seguro que esta bendita feligresía lo habrá de redimir en cuanto tome la decisión correcta.

Por lo pronto, ¡que viva el Atlante, siempre, para siempre y por siempre! Atlantistas, sintámonos orgullosos de pertenecer a esta bendita maldición.

JORATLA@HOTMAIL.COM

@JORATLA

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