Quitar a Maduro y apostar por la democracia mundial

El discurso contra "El imperio" ha servido como cortina de humo para justificar ambiciones de dictadores

El mundo tiene ahora en la crisis de Venezuela una oportunidad para ir más allá del trauma de la Guerra Fría, dejar a un lado los argumentos intervencionistas –con fundamento o sin él– por parte de Estados Unidos, Rusia y China, y hablar con claridad de un asunto paralelo, quizás más profundo: evitar a toda costa que en el futuro ningún ser humano intente perpetuarse en el poder.

Porque el discurso contra El imperio ha servido principalmente como cortina de humo para justificar las ambiciones de dictadores, tiranos y autócratas que simplemente no quisieron o no quieren soltar el gobierno aún a costa de la sangre de su propia gente. Así lo hicieron dictadores africanos en Angola, El Congo, Zimbabwe, Guinea, Mozambique… de Agostinho Neto a Samora Machel; árabes como Muamar Kadafi, Sadam Husein o Ruhollah Jomeini, o el latinoamericano Fidel Castro, aferrado a Cuba, símbolo y guía de la nueva generación regional que incluye a Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y Nicolás Maduro: todos reelectos gracias a prácticas antidemocráticas.

Maduro y su cauda deben irse no porque lo diga Estados Unidos, la mayor parte de la Unión Europea y casi todo mundo, sino porque es hora de que a nivel internacional se ponga un límite a cualquier ambición personal que pisotee la democracia.

Maduro disolvió la Asamblea Nacional, el legislativo de contrapeso, porque no le era favorable (como si Trump se quitara de encima al Senado y la Cámara de Representantes porque no apoyan la construcción del muro y sus políticas extremas); hizo elecciones sin candidatos de oposición (¿alguien imagina sufragios sin el Partido Demócrata?) y no tolera a ninguna crítica.

Nacionalizó los medios de comunicación privados y ha encarcelado y torturado a cientos de opositores que van regando sus historias miserables aquí y allá por todo el planeta donde son acogidos si logran salir de prisión.

Hace algunos años, el exsecretario de la ONU, Ban Ki-moon, reprochó, con todo el cuidado que requiere la diplomacia, la actitud de los líderes mundiales al permitir perpetuarse en el poder a tiranos para luego hacerse a un lado ante los problemas que éstos generan: migración, hambre, persecución y muerte.

Lo cierto es que no existen reglas homologadas a nivel internacional que frenen sistemáticamente a esos personajes ilimitados de ambición que, de manera frecuente, da a luz la humanidad. Esta carencia está relacionada al principio de corrección política sobre la libre determinación de los pueblos aún cuando una sola persona se tome atribuciones de pueblo. Pero ante la inevitable integración de las sociedades, el reto de las actuales generaciones, si quiere ir más allá de padres y abuelos, será dar un paso adelante a la consolidación de reglamentos internacionales que logren impedir a una sola persona perpetuarse al frente de un país, un estado, un municipio, un sindicato…

Se trata, simplemente, de curarse en salud: que nadie se acostumbre a mandar ni a obedecer a ciegas o a punta de pistola.

 

*Periodista

 

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