Prisa incomprensible

Prisa incomprensible

Entiende uno perfectamente las declaraciones de Andrés Manuel López Obrador, el día de su triunfo, en respeto a la autonomía del Banco de México, así como el recordatorio de su oferta de no incrementar el endeudamiento gubernamental, y su ratificación del nombramiento de Carlos Urzúa como secretario de Hacienda del gobierno entrante cinco meses después.

Aunque es inusual la celeridad del nombramiento, el propio AMLO y su movimiento han construido una reputación que amerita este tipo de seguridades, y a ello se dedicaron él y su equipo durante muchos meses previos al 1 de julio.

También pareció prudente la reunión, casi inmediata, con el Presidente Peña Nieto para definir los términos de la eventual transición administrativa y mostrar buena voluntad de ambas partes.

Ello abona a la percepción de que estamos en trayectoria para un reemplazo ordenado, y que no será por falta de trabajo que se lleguen a descomponer cosas durante los meses siguientes. Hasta ahí, todo comprensible y encomiable.

De ahí en adelante, confieso que entiendo poco de lo que ha venido ocurriendo con el entorno del candidato presidencial triunfante y sus eventuales secretarios de Estado.

El cúmulo de nombramientos, y especialmente, las docenas de entrevistas de los seleccionados para ocupar cargos en el gabinete, tendrán por efecto acabar con la luna de miel que pudo haber construido AMLO tras su contundente victoria.

Decía otro político tabasqueño, Juan José Rodríguez Prats, que en política (en la vida, agregaría yo) hay momentos en los que es urgente esperar.

Y la larguísima transición entre gobiernos en México parece un momento privilegiado para ello. No porque no se puedan y se deban hacer muchas otras cosas en este periodo. Yo imaginaba quizá una larga gira de agradecimiento del voto que sirviera también para consolidar la estructura organizacional de Morena, y para el reconocimiento de liderazgos locales que le dieran coherencia política a mediano plazo a dicho partido.

Pero aún si ello se fuera a hacer después, hubiera entendido cualquier otra estrategia que reconociera que la transición es el único periodo de un presidente triunfante en el que no se tiene ninguna responsabilidad sobre el ejercicio del poder, y ello permite estudiar con más detalle la estrategia de gobierno y profundizar en el análisis de las propuestas de campaña y cómo hacerlas realidad.

En lugar de ello, lo que tenemos, sin que nadie se los exigiera, es una avalancha mediática protagonizada, de su ronco pecho, por un conjunto de futuros secretarios tratando de dar explicaciones sobre cosas que en algunos casos claramente desconocen a profundidad o, peor aún, ilustrando la absoluta incongruencia de su nombramiento con las ofertas de transformación hechas por AMLO (caso Semarnat).

Insisto, esta crítica no aplica a las seguridades y competencias que requería el ámbito económico, pero fuera de ello, se corre el riesgo de desinflar lo que se perfilaba como un globo aerostático de aprobación para López Obrador.

La prisa incomprensible que ha caracterizado a los albores de esta cuarta transformación ha dado voz y razón a quienes alertaron contra el desorden que sería la administración entrante. Daría la impresión de que el supuesto que la explica es que gobernar es fácil. Espero equivocarme.

 

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