¿Por qué AMLO no va por Peña?

AMLO no roza a su antecesor, no lo nombra. Es como si no existiera

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Manuel López San Martín / Definiciones / Heraldo de México

El presidente López Obrador tiene una popularidad soñada. Sus niveles de aprobación rebasan 80% (86%, El Financiero), su legitimidad está a prueba de toda duda, su control político es incuestionable (nada se mueve en su gabinete si él no lo instruye, nada se aprueba en el Congreso si él no lo decide). Pone agenda, lanza dardos, redirecciona a ataques. Él señala villanos y convierte héroes. También purifica. Pararse a su lado limpia, ser apuntado con su daga, desprestigia. Una palabra suya es, para sus fieles seguidores –que los hay por millones-, ley.

Lo hemos visto apaciguar gritos y reclamos contra gobernadores en eventos de gobierno, atizar contra ex presidentes, enlistar con nombre y apellido a los chapulines fifís que incurrieron, según él, en conflicto de interés, golpear instituciones que le podrían representar contrapesos, tundirle al poder Judicial cuando osó ponérsele enfrente… el Presidente calcula cada uno de sus dichos. Sabe que sus palabras tienen fuerza y encuentran eco.

Por eso sorprende que, aún con el rosario de personajes, a los que acusa de ser causantes de los males del país, encabezados por Felipe Calderón, Vicente Fox, Ernesto Zedillo y Carlos Salinas, haya decidido no tocar a Enrique Peña Nieto, el más repudiado de cuantos presidentes hayan sido evaluados, que cerró su gobierno con niveles de aprobación inferiores a 20%, salió envuelto en señalamientos por corrupción, y resultó el responsable de la debacle electoral de su partido, el PRI. No sabemos si hay un pacto o un acuerdo. Desconocemos si tiene fecha de caducidad, si se firmó o quedó en arreglo tácito. Tampoco qué habría estado sujeto al mismo. Si existe, difícilmente lo sabremos. Pero, diría el clásico, lo que se ve, no se juzga: AMLO no roza a su antecesor, no lo nombra. Es como si no existiera. Como si los males acumulados hubieran tenido un salto de seis años y de 2012 a 2018 hubiéramos vivido un pasmo. Como si la violencia no hubiera tocado su punto máximo en el sexenio anterior, como si Pemex no hubiera terminado de hundirse en ese periodo hasta convertirse en la empresa petrolera más endeudada del mundo, como si Odebrecht, la Casa Blanca y la estafa maestra, fueran solo anécdotas, como si la Cruzada Nacional Contra el Hambre no hubiera costado miles de millones de pesos que no sacaron a los mexicanos de la pobreza, como si la corrupción en el Paso Exprés o el tren México-Toluca, no se vieran a kilómetros. Hasta para un presidente cuya popularidad está en las nubes, es riesgoso entregar cheques de impunidad. Porque ni la aprobación es infinita ni la luna de miel durará por siempre. Blindar, sino es que encubrir a quien encabezó un gobierno que sangró al país y agravió a millones con su ligereza y superficialidad, podría tener un alto costo. A menos que López Obrador sólo esté calculando los tiempos y esperando el momento político más conveniente para ir tras él. De otra forma, ¿por qué ayudar a sobrellevar el costal a quien sólo se encargó de llenarlo de descredito y volverlo incargable?

 

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@mlopezsanmartin

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