Plomo y Puma: Cortés funda la Villa Rica de la Vera Cruz

Mayo de 1519. Cortés mantiene su idea en mente y cumplirá su sueño: ocupar el trono del tlatoani azteca

Columna Plomo y Pluma / Christian Duverger / Opinión El Heraldo de México
Columna Plomo y Pluma / Christian Duverger / Opinión El Heraldo de México

La manifiesta hostilidad de los mexicas y las dudas de una parte de sus hombres no hará que Cortés cambie de opinión. Mantiene su idea en mente y cumplirá su sueño: ocupar el trono del tlatoani azteca. Por ello se niega a repartir los regalos de Moctezuma y trata de convencer a su tropa de compartir su decisión de poblar. Sus consultas le demuestran que una gran mayoría de sus hombres está de acuerdo para seguirlo.

Sin titubear, Cortés decide, acto seguido, fundar una ciudad. Allá, en las dunas de Chalchiuhcuecan, a merced de los vientos, de los mosquitos y de la incertidumbre. Al fundar la Villa Rica de la Vera Cruz, Hernán toca lo simbólico, lo estratégico y lo jurídico: cristaliza el inicio de su conquista, desarma a sus oponentes, obligando a los partidarios del regreso a Cuba a quedarse, y finalmente crea las condiciones de su propia legitimación.

El proceso es sutil. Después de haber redactado los estatutos del primer establecimiento español en México, hace constar la constitución del cabildo de Veracruz por su amigo notario, Diego de Godoy, cuya familia es de Medellín como él, para que la república sea bien gobernada. En el presente caso, Cortés utiliza el poder firmado por el gobernador de Cuba para nombrar dos alcaldes, cuatro regidores, un procurador, un alguacil y acreditar a un escribano.

Como alcaldes, Cortés designa hábilmente a su amigo Alonso Hernández Puertocarrero y a Francisco de Montejo, el jefe de la oposición. ¿Cómo podría el recién elegido alcalde de Veracruz dar la orden de regresar a Cuba? Luego pide a sus hombres ratificar dichos nombramientos, lo que registra el notario. Como representante del poder real, entrega ceremonialmente los bastones de mando a los alcaldes. E inmediatamente desiste de su mando y cargo de capitán general y lo remite al poder de los nuevos alcaldes. Luego se retira a su choza.

Se reúne el concejo, como se suele hacer en las villas de Castilla y, por unanimidad, las nuevas autoridades de la ciudad deciden confiar el poder a Hernán, quien acepta sin hacerse del rogar. Recibe complacido su nuevo título de capitán general y oficial de justicia mayor. Pero el extremeño va más allá; quiere recibir confirmación de su nombramiento a través del voto de sus hombres.

Con gran sentido político, decide ofrecer al cabildo todos los víveres que había pagado de su propio bolsillo, con el compromiso de que toda la comida sería distribuida de manera absolutamente equitativa entre toda la tropa. Así Cortés salió electo por el conjunto de sus hombres, soldados y capitanes, marineros y pilotos.

El asunto está lejos de ser un artificio. La verdad es que Cortés es un republicano, como lo es toda su familia. Sabe que la unción del sufragio popular es un arma al menos tan poderosa como la gracia del príncipe. Por ello, no duda en buscar una legitimidad por medio del voto. Pero sabe también que su actuación jurídica tiene que ser irreprochable. Así se entiende su respeto por las formas del derecho; finge actuar en nombre del rey y luego obtiene su legitimidad de un cabildo constituido según las normas de la tradición.

No le queda a Cortés más que dar una realidad a la ciudad cuyo marco jurídico ha instaurado. El nuevo capitán general propone transferirla a Quiahuiztlan: es una idea de Montejo que allí recibe satisfacción. Él mismo va a tener que consagrarse a una diplomacia de alto riesgo en tierra totonaca. Sin esperar más, Cortés avanza hacia Cempoala. Por prudencia hace colocar grilletes a cuatro dirigentes de la disidencia y los encierra en la cala de sus naves.

Por Christian Duverger 

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