Plomo y Pluma: San Juan de Ulua, Cortes desembarca

Los navíos de Cortés navegaron al poniente. Los españoles observaban a la gente que caminaba por la costa

Columna Plomo y Pluma / Christian Duverger / Opinión El Heraldo de México
Columna Plomo y Pluma / Christian Duverger / Opinión El Heraldo de México

El piloto Alaminos no tuvo ningún problema para encontrar el fondeadero donde, en dos ocasiones en años anteriores, había echado anclas. Era una playa de arena blanca, al abrigo de la isla que había sido bautizada como San Juan de Ulúa. Transcurridas sólo unas horas, vinieron dos canoas grandes con muchos indígenas que se acercaron a la nao capitana, reconocible por sus estandartes. Cortés utilizó una de sus armas secretas: a todos les ofreció vino. ¡Éxito garantizado!

Al día siguiente, el 22 de abril de 1519 –es Viernes Santo–, el conquistador organiza el desembarco: bajan la artillería y los caballos, los marineros taínos talan los árboles que bordean la playa para convertirlos en madera para construcción. Los españoles preparan el campamento. Cortés no es ni un comerciante, ni un viajero de paso; está ahí para poblar. Está ahí para cristalizar su sueño de conquista. Observemos que tanto en las Cartas de relación como en la Historia verdadera o en la crónica de Gómara, el relato emplea una palabra de sabor relevante; se dice que, en la playa de Chalchihuecan, Cortés instala su real o sus reales. La palabra, que se refiere al campamento de un ejército, designa el lugar donde está la tienda del rey. Conociendo el grado de manejo del castellano de Hernán, el uso de esa palabra no puede ser casual. ¿Es el representante del rey o es el rey, él mismo?

El sábado llega un cacique encabezando un centenar de lugareños. Viene con presentes: comida y objetos de oro. Como de costumbre, Cortés ofrece bisutería, cuchillos y perlas de vidrio. Los indios ayudan a construir sus chozas. Cortés se alegra en secreto. Eso pone de manifiesto que su tropa es aceptada. El jefe de la delegación indígena anuncia la próxima visita de un embajador y se retira.

El domingo de Pascua, una imponente delegación se presenta ante Cortés. Entre los dignatarios hay señores muy bien vestidos que hablan náhuatl encabezados por un calpixqui, una especie de gobernador que representa al poder central de México. Ese hombre, al que los textos llaman Tendile (Tentitl), es de hecho un embajador de Moctezuma. El emperador azteca ha seguido el avance de la expedición a lo largo de sus costas. Tendile es a la vez su portavoz y su oficial de inteligencia. Llegó a la cabeza de una escolta de cuatro mil hombres, compuesta por guerreros sin armas y peones cargados de víveres y de presentes. Va acompañado también por escribas: con el grafismo que se utiliza en esas tierras, tienen por misión registrar el tenor del encuentro.

El jefe de los españoles decide primero asombrar. Antes de cualquier cosa, sobre un altar instalado al aire libre y preparado con presteza, Cortés hace cantar la misa solemne de Pascua, a la que invita a la multitud de curiosos. Luego, ante todos los indios reunidos, lanza su caballería a galope sobre la playa. Los relinchos y los brincos de los caballos no dejan de impresionar a los espectadores. La pequeña escenografía cortesiana prosigue con tiros de bombardas. Los indios se postran boca abajo. Luego, llega la hora de las negociaciones. En el fondo, detrás de los discursos oficiales, Cortés sólo tiene un mensaje que enviar: quiere encontrarse con Moctezuma.

El extremeño cruza la mirada de Tendile y entiende que será una jugada difícil. Los mexicanos no van a dejarlo llegar.

Por Christian Duverger

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