Plomo y pluma: El encuentro de Cortés y Moctezuma

Cortés no tiene ojos más que para la capital. Percibe como una insoportable maniobra dilatoria las largas ceremonias protocolarias a las que lo someten en el cruce de las calzadas de Coyoacán e Iztapalapa

Columna Plomo y Pluma / Christian Duverger / Opinión El Heraldo de México
Columna Plomo y Pluma / Christian Duverger / Opinión El Heraldo de México

Pronto, el cortejo de Cortés se pone en movimiento. En medio de una escolta de mantos coloridos y ornamentos de plumas, Cortés avanza a caballo por la calzada rectilínea que lleva al corazón de la capital.

Es tan ancha que, detrás de él, 10 caballos caminan lado a lado. Probablemente su emoción lo estremece. ¿Qué resultado va a tener este encuentro histórico? ¿Cuánto iban a pesar esos cientos de españoles en medio de esos cientos de miles de mexicanos? ¿No se repetiría lo que ocurrió en Cholula?

He aquí a Cortés a dos pasos de la gran plaza central, al pie de esa inmensa pirámide que domina toda la ciudad. El gran Moctezuma desciende de su lujosa silla llevada en andas. 200 señores lo rodean. Todo el gobierno de México está allí. Cortés baja de su caballo, se descubre y se dispone a abrazar al emperador. Los acompañantes de Moctezuma se lo impiden. De un lado y del otro los protocolos son distintos; en Tenochtitlan nadie puede tocar al tlatoani.

A pocos metros uno del otro, intercambian obsequios; Cortés ofrece un collar de perlas de vidrio verde, objeto muy cotizado en tierra mexicana por su semejanza con el jade; el Señor de México corresponde con un collar de coral y de finas conchas rojas con ocho camarones de oro de mucha perfección. Sin decir una palabra, en un agobiante silencio, Moctezuma lleva a los españoles a una gran casa cerca del Templo Mayor, al palacio del antiguo emperador Axayácatl. Y allí, al abrigo de las miradas de la multitud, el tlatoani toma la mano de Cortés y lo hace atravesar el patio de la casona. Lo invita a sentarse en una banca de piedra y desaparece. Regresa muy pronto cargado de presentes.

El ritual corresponde a una suerte de entronización: Cortés, quien ahora puede tocar a Moctezuma, ha sido hecho tlatoani; desde ahora, el poder mexica se ha desdoblado. El extremeño ha logrado su sueño de compartir el poder con los autóctonos. Moctezuma ofrece una de sus hijas a Cortés. Esta vez, él la acepta y tendrá una hija con ella. Se vuelve miembro de la familia gobernante. Desde el primer momento del encuentro, el mestizaje se pone en marcha.

La reunión entre Cortés y Moctezuma es un tema prevalente en toda la literatura hispánica de los siglos XVI y XVII. De hecho, cristaliza el momento del nacimiento de un país nuevo que llevaría unos años más tarde el nombre de Nueva España. Pero el trato literario ha dado luz a tantas reescrituras y tantas reinterpretaciones que sería hoy vano buscar en esos textos alguna huella de la verdad histórica. Lo cierto es que Cortés entra a México-Tenochtitlan sin violencia conforme a su estrategia de integración en el ámbito mesoamericano.

Cortés queda fascinado por la mesa del tlatoani, servida por 400 sirvientes, por las 50 mil canoas que maniobran sobre el lago, por la deslumbrante oferta que proponen los tianquiz, por la belleza de los edificios, por el gigantismo de la ciudad, más grande que Sevilla y Córdoba reunidas. Cortés parece haber pasado al otro lado. A pesar del asesinato del jefe de la guarnición de Veracruz, durante siete meses los españoles y los mexicanos vivirán en buen entendimiento.

Cortés ha tomado discretamente el poder y cogobierna con Moctezuma. Cursa náhuatl con Marina a quien no deja ni un segundo; aprende las costumbres de los mexicanos, su modo de pensar, su manera de sentir, de hablar, de reír, de caminar. Cortés observa, analiza y, poco a poco, comprende hasta lo que pensaba que no podría comprender. Se ha confundido con los mexicas. Ha olvidado Cuba y se halla en estado de gracia. Efímera felicidad. Pronto Pánfilo de Narváez iría en su persecución y escribiría un capítulo más dramático.

ILUSTRACIÓN: ALLAN G. RAMÍREZ

Por Christian Duverger 

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