Plomo y Pluma: Cortés y los recaudadores de impuestos

Al día siguiente de que el cacique gordo de Cempoala aseguró a Cortés su apoyo, se fue a fundar la Villa Rica de la Veracruz, en Quiahuiztlán

Columna Plomo y Pluma / Christian Duverger / Opinión El Heraldo de México
Columna Plomo y Pluma / Christian Duverger / Opinión El Heraldo de México

Después de la recepción amigable de los gobernantes y de los sacerdotes que sahumaron a los españoles con reverencia, Cortés se dio cuenta de que coincidía con otros visitantes extraños, que andaban con bastón de mando y abanico de plumas en la mano.

Eran mexicas que acababan de entrar a la ciudad; eran los recaudadores de impuestos de Moctezuma. Estaban furiosos porque no habían sido recibidos como de costumbre, pero al percibir la presencia de los españoles comprendieron que ellos no eran ajenos al cambio de conducta de los totonacas.
En ese instante, nace en la mente de Cortés una idea tan atrevida como azarosa. El destino le va a permitir afianzar su alianza con los totonacas y, a la vez, reanudar el diálogo con Tenochtitlan. Dos pájaros de un tiro.

Mientras les preparan la comida, Cortés sugiere a los totonacas que apresen a los emisarios que han venido a reclamar el tributo de Moctezuma. Animados por la determinación de Cortés, los totonacas se atreven a hacer lo inconcebible. Aprehenden a los enviados del tlatoani mexicano y los arrojan a prisión.

Los totonacas se alarman de su propia temeridad, pero Cortés los tranquiliza y los incita a sacudirse el yugo de la tiranía mexica. Además, para mostrar su solidaridad, propone colocar a algunos soldados españoles ante el edificio donde encerraron a los recaudadores de impuestos.

Al llegar la noche, en el mayor secreto, Cortés manda traer a dos de los prisioneros. Con ayuda, como siempre, de doña Marina y de Aguilar, se presenta como su liberador. Improvisa ante ellos un gran discurso sobre su simpatía por su emperador, sobre sus designios pacíficos y sobre la estima que siente por los habitantes de México.

Luego los deja libres y les pide que lleven su mensaje de amistad al soberano mexica. Para mayor seguridad, Cortés los hace transportar en barco hasta San Juan de Ulúa, tierra controlada por los nahuas, desde donde pueden regresar a Tenochtitlan.

A la mañana siguiente, los totonacas se dan cuenta de la ausencia de dos de sus prisioneros. Los españoles fingen desconocer el asunto. Para vengarse, los totonacas deciden sacrificar de inmediato a los prisioneros restantes. Cortés los convence de no hacerlo y reprochando a los guardias totonacas su negligencia, pide le sean entregados los prisioneros, a quienes en un barco les coloca grilletes.

La fuga de los dos mexicas es un duro golpe para los totonacas, porque saben ahora que Moctezuma estará enterado de su rebelión. Hubo dos pareceres muy contrarios entre sí, el uno de temerosos y pusilánimos; el otro de esforzados y amigos de su libertad, escribe el cronista Cervantes de Salazar. Finalmente prevaleció la opinión de los partidarios del conflicto abierto con el soberano mexica.

Cortés, evidentemente, se compromete a ayudarlos en su lucha contra el emperador azteca. Cínico y gran señor, Cortés llama a su notario Diego de Godoy y consigna por escrito el pacto entre los totonacas y los españoles. Luego, también en secreto, libera algunos días más tarde a los otros prisioneros y los conduce hacia las riberas controladas por los mexicanos.

¿A qué dios de su panteón se podía entonces encomendar Moctezuma? ¿Quién era ese enemigo que protegía a los suyos? La perplejidad del soberano azteca aumentaba al mismo tiempo que su angustia. No entendía los pormenores de la actuación de Cortés, pero era consciente de ser castigado por sus excesos fiscales. La conquista cambiaba de naturaleza por un imprevisible asunto de impuestos.

Por Christian Duverger 

¿Te gustó este contenido?




Lo mejor del impreso
OpiniónBueno / Malo / Feo

Bueno, malo y feo