Plomo y pluma: Cortés envía oro a Carlos V

El rey había concedido sus favores a Velázquez, pero Cortés tenía su pluma y conocimiento del alma humana

Columna Plomo y Pluma / Christian Duverger / Opinión El Heraldo de México
Columna Plomo y Pluma / Christian Duverger / Opinión El Heraldo de México

A principios de julio de 1519, llegó a Quiahuiztlán la undécima carabela que Cortés había escondido en una caleta de la costa occidental de Cuba, como retaguardia para espiar al gobernador Velázquez.

El barco traía las últimas noticias. Eran decepcionantes. El rey Carlos había concedido sus favores a Velázquez, quien recibía licencia para descubrir tierra firme, conquistarla y poner debajo de nuestro yugo y servidumbre las dichas tierra e islas.

Cortés quedaba excluido de la operación. Se estremeció. Las palabras usadas por el soberano no eran vanas; Cortés sabía lo que significaba su eliminación: la esclavitud para los indios. Se había lanzado a la conquista de México precisamente para evitarlo. ¿Qué hacer? Había que hacerle frente. Tenía entre sus manos dos armas: su pluma y su conocimiento del alma humana.

Cortés se retira a su choza. Ya tiene un plan en mente. Sus huestes lo ven escribir toda la noche, durante una semana. El 10 de julio reúne al Cabildo en su totalidad y hace firmar a los alcaldes y regidores la carta dirigida al rey en su nombre. Esta carta, que constituye la Primera Carta de Relación de la conquista de México, nos resulta conocida. Es una obra  de gran habilidad manipuladora y de sutileza jurídica. Aunque se presente como una carta colectiva, proviene de la pluma de Cortés, quien la concibió en soledad.

El Cabildo de Vera Cruz explica la operación mexicana. El proceso de fundación de la ciudad se presenta como un medio para expandir el reino… y las rentas de los soberanos. La carta da a conocer la elección de Cortés como capitán general. Y el Cabildo solicita simple y llanamente a los reyes que ratifiquen tal nombramiento. Sigue una descripción del país, de sus paisajes, de su fauna, de su flora y, por supuesto, de sus habitantes. Tras el tono admirativo, Cortés quiere demostrar con ello que está ahí, que entabló contactos con los nativos y que controla la situación. Sabe que el argumento de la eficiencia puede tener gran impacto.

Cortés no duda en hacer llegar el oro de México a la Corona. Sacrifica todas sus riquezas en nombre del proyecto que lleva en él. Hernán toca un punto sensible: la avidez. Decide enviar como presente al rey Carlos V la totalidad de los objetos recogidos en Tabasco, Veracruz y Cempoala. Moctezuma le había mandado suntuosos presentes con la esperanza de que se marchara y regresara a Cuba.

La mayoría consta de joyas de oro fino, collares, pulseras, pectorales, narigueras, ornamentos de orejas, escudos ceremoniales, etc. Un conquistador codicioso hubiera inmediatamente transformado ese oro en lingotes.

¿Qué hace Cortés? Mandará al rey de España todas esas joyas sin fundirlas en el puro respeto de su belleza artística, junto con los abanicos de pluma, los penachos, los vestidos bordados y los libros pictográficos. Con dos ideas: demostrar al soberano de Castilla que él, Cortés, tiene en su poder las riquezas de México y, sobre todo, dar a entender que México es una tierra de cultura que puede competir con Europa en igualdad de condiciones.

Al recibir el envío de Cortés pocos días antes de salir de Castilla para ir a Alemania, Carlos V trató de fundir el oro y la plata. Pero, por suerte, sus consejeros flamencos se opusieron a la idea y lograron convencer el rey de que llevara tal cual ese tesoro a Alemania. Así, se presentaron todos los regalos de Moctezuma a Cortés en el Palacio Municipal de Bruselas, en 1520. Fue la primera exposición de arte mexicano en Europa y se la debemos a Cortés, ¡el primer conquistador-museógrafo!

El suntuoso botín fue cargado en una carabela. Simbólicamente, Cortés pidió a los dos alcaldes de la flamante Vera Cruz, Portocarrero y Montejo, escoltar ese envío debidamente notariado. El sacrificio fue provechoso: el soberano pronto  retiraría su apoyo a Velázquez para pactar con Cortés.

Por Christian Duverger

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